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La caída del imperio romano y la decadencia del occidente

14 Oct

Muchas personas de países occidentales, normalmente de ideología conservadora, tienen una obsesión de comparar la supuesta “decadencia” de la civilización occidental con la caída del imperio romano. La típica narrativa es que los romanos conquistaron el mundo y construyeron una civilización de gran esplendor, pero luego se acomodaron en su riqueza. La natalidad descendió y los soldados ya no tenían ganas de luchar. Los bárbaros, aprovechando esta debilidad y complacencia, invadieron las fronteras y acabaron con el imperio.

La analogía con el occidente contemporáneo es que durante siglos pasados también habíamos conquistado todo el mundo. Pero a día de hoy las nuevas generaciones están cada vez más acomodadas, más consumistas, menos sacrificados y tienen menos hijos. Mientras tanto, los “bárbaros”, en nuestro caso se pueden referir a musulmanes, africanos, chinos o indios, están esperando a las puertas para invadirnos, robar nuestra riqueza y acabar con nuestro estilo de vida a través de la guerra cultural o la inmigración masiva.

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¿Los bárbaros contemporáneos?

Según hechos históricos, esta narrativa, y su comparación con la situación contemporánea, no puede estar más equivocada. En este artículo quiero destacar los puntos más obvios. Primero, voy a contar un resumen de la larga historia de la decadencia del imperio romano.

El estado romano se fundó en el año 753 a.c. como una ciudad gobernado por reyes. A partir del 509 a.c. se convirtió en una república. Durante los próximos 5 siglos, se expandió a través de guerras y tratados para incorporar ciudades y colonias extranjeras en su territorio, primero absorbiendo toda Italia, luego el resto del Mediterráneo. Pero la expansión territorial desencadenó profundos altercados sociales, económicos y políticos que finalmente causaron el colapso del orden republicano, sustituyéndolo por el orden imperial en 27 a.c. cuando Octavio se proclamó el primer emperador .

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Expansión y colapso del imperio romano

El imperio llegó a su apogeo durante el reinado de los “cinco buenos emperadores”, Nerva, Trajano, Hadriano, Antonio Pio y Marco Aurelio, entre 80 d.c. y 180 d.c.. El territorio alcanzó la máxima extensión y la población llegó a 60-80 millones, dividida entre ciudadanos romanos (los que disfrutaban de derechos civiles y judiciales), peregrini (población nativa de las provincias y colonias) y esclavos (la mayoría prisioneros de guerra, criminales condenados y sus descendientes). Existía cierta movilidad social en que un esclavo podía comprar su libertad, un peregrino podía adquirir la ciudadanía a través de servicio militar o durante amnistías generales. La sociedad se organizaba por un sistema de clientela, en que cada familia rica tenía varios clientes que les hacían recados a cambio de dinero y favores. Esos clientes a su vez tenían sus clientes, y así y así hasta llegar a los estratos más pobres.

Los emperadores, a pesar de padecer poder absoluto, se vieron obligados a hacer caso a las decisiones del senado, la simpatía de la plebe y el respeto de los soldados, porque la estabilidad del poder imperial dependía a gran medida en el apoyo popular. El ejército estaba formado por 400.000 soldados profesionales de diversas procedencias étnicas, la mitad eran ciudadanos romanos que recibían una pensión al licenciarse, la otra mitad eran peregrini que recibían la ciudadanía romana.

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Mosaico romano durante el apogeo

Si hubiera un punto en que el imperio empezó su decadencia, sería a partir de 170 d.c., cuando el ejército, regresando de una victoriosa campaña en Persia, trajo un botín inesperado: la viruela. La epidemia se extendió por todo el imperio, diezmando a la población. Pero el peor legado de la peste quizás no fue solo  las personas que mató, sino la recesión económica, las revueltas populares e la inestabilidad política que provocó. Los emperadores que sucedieron a Marco Aurelio adoptaron un estilo de gobierno cada vez más autoritario. Ya no hacían caso al senado ni a la plebe. Lo único que aseguraban era que los soldados cobrasen su paga para seguir obedeciendo sus órdenes para reprimir cualquier rebelión.

En 235 d.c., el imperio descendió en un estado de caos conocido como “la crisis del siglo III”. La viruela tuvo varios rebrotes y cobró de nuevo millones de vidas. Los soldados amotinaron cada dos por tres, proclamando los instigadores como caudillos, y los caudillos lucharon entre sí para el puesto del trono. Los bárbaros aprovecharon el vacío en la defensa y los campos despoblados para invadir el corazón del imperio, a veces luchando contra los ejércitos de los caudillos, a veces uniéndose con ellos. Tal anarquía duró 50 años, hasta que uno de los caudillos, Diocleciano, logró derrotar a todos sus enemigos, restaurar las fronteras, y unificar de nuevo el imperio en 284 d.c..

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El emperador Séptimo Severo del siglo III era uno de los muchos militares golpistas

Tras la reunificación, el imperio volvió a vivir otro siglo de paz y prosperidad, pero la crisis del siglo III provocó algunos cambios sociales irreversibles. Para salvarse de la peste y las guerras, muchos romanos huyeron de las ciudades para instalarse en el campo, poniéndose bajo la protección de algún poderoso terrateniente. El viejo sistema de clientela y la distinción entre ciudadano, peregrino y esclavo se desintegró, sustituido por un feudalismo entre señores y siervos. Para facilitar la administración, Diocleciano dividió el imperio en 2 mitades: Occidente y Oriente. Cuando el emperador Constantino se convirtió al cristianismo y trasladó la capital del imperio a Constantinopla en 330 d.c., el Occidente se quedó relegado al segundo plano, mientras el Oriente prosperó.

Después de varios brotes de viruela, la población del imperio se quedó reducido a entre la mitad y 2/3 de lo que era durante el auge. Pero para hacer frente a una amenaza bárbara cada vez más seria, el ejército necesitaba más efectivos. Tras la hiperinflación durante la crisis, los sueldos militares ya no resultaban atractivos y los poderosos terratenientes retenían a los sujetos más fuertes como miembros de su milicia privada. Pero la falta de aspirantes romanos fue compensada por otra fuente de voluntarios: los bárbaros fuera de la frontera.

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Soldados romanos del siglo IV

El alistamiento de extranjeros en el ejército romano se remontaba a la época republicana, pero en el año 357 d.c., la mayoría de los soldados ya eran de origen germánico, ya que la antigua dieta militar de legumbres, aceite y vino fue sustituida por carne, mantequilla y cerveza. Cuando el emperador Julián fue proclamado cesar por sus tropas, le levantaron encima en un escudo: una tradición germánica. Pero esos soldados de origen extranjero se demostraban tan leales, tan patriotas y tan capaces de defender las fronteras como sus predecesores, al menos hasta el año 378 d.c., cuando el ejército imperial sufrió una derrota aplastante a mano de los godos en Adrianapolis.

A partir de siglo IV, la migración de pueblos asiáticos hacia Europa empujó una cadena de grandes desplazamientos del norte al sur, éste al oeste. Tras la derrota en Adrianapolis: el imperio occidental adoptó una nueva estrategia para defender sus fronteras, llegar a acuerdos con tribus bárbaras para que esos últimos sirvieran como “porteros” contra las invasiones del más allá. Dentro de las fronteras, el mantenimiento de orden se delegó a las milicias de los poderosos terratenientes, que se convirtieron en señores de la guerra. Poco a poco, el poder del emperador se quedó reducido a solo en nombre, hasta un día en 476 d.c., los señores de la guerra decidieron que ya no les hacía falta y deshicieron de él, poniendo el fin al imperio romano occidental.

Sin embargo, el imperio oriental se mantuvo intacto y sobrevivió mil años más hasta la caída de Constantinopla en 1453 d.c.. Fue una de las civilizaciones más prósperas durante la edad media.

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La edad de grandes migraciones

Analizando el contexto histórico, la situación de la civilización occidental contemporánea no tiene nada que ver con el imperio romano. Primero, se tratan de sistemas políticos, sociales y económicos totalmente distintos. Si la decadencia de Roma fue provocada por la inestabilidad política, golpes militares y invasiones de bárbaros, la época de la historia europea más semejante a esas situaciones sería la primera mitad de siglo XX, no ahora. Hablando de la influencia política y cultural, creo que no solo no estamos en capa caída, sino en proceso de expansión, porque cada vez más países por todo el mundo están adoptando nuestra forma de vivir, consumir, vestirse y pensar. Valores como el individualismo, el liberalismo, el método científico, la igualdad de géneros y la libertad sexual se están instalándose en muchas partes del mundo donde nunca habían existido. Es cierto que países como China e India tienen un peso político y económico mucho más importante que hace 50 años. Pero un chino e indio de ahora viven y piensan de una forma mucho más parecido a un occidental que hace 50 años.

Si un día llegase el colapso de la civilización occidental, en mi opinión, sería por causas ecológicas como el cambio climático, la extinción masiva, la contaminación y el agotamiento de recursos que provocarán grandes desastres naturales y altercados sociales. Pero en este caso, no será solo la civilización occidental que se colapsa, sino la civilización mundial.

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Black Country – de la revolución industrial al cinturón de óxido

18 Jul

Durante los últimos tiempos se han hablado mucho de la masificación turística en los destinos populares. Este verano, sin embargo, hemos ido a visitar una zona poco concurrida por turistas en mi Reino Unido natal: el Black Country, y dedico este artículo para hablar del pasado y presente de esta región en el centro de Inglaterra que jugó un papel clave en la revolución industrial.

El “Black Country” (país negro) se refiere a los condados entre las ciudades de Birmingham y Wolverhampton, en el oeste de las tierras centrales (Midlands) en Inglaterra. Desde el siglo XVI ya era una región donde abundaban minas de hierro y carbón, aunque la mayoría de los pueblos eran de carácter rural, donde los habitantes complementaban el cultivo de cereales con el oficio de herrero, fabricando clavos, espadas y armaduras.

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Durante el siglo XVIII, dos sucesos cambiaron la historia de la región para siempre: la construcción de una red de canales que conectan las tierras centrales con Londres, y el invento de la máquina de vapor que desencadenó la revolución industrial.

El “Black Country”, por su riqueza en minerales como hierro, carbón y caliza, se convirtió en el mayor productor de acero y hierro, especializando en anclajes y cadenas para la industria marítima. El paisaje se transformó de forma radical, de pueblos rurales con huertos, prados, vacas y cisnes a una extensa área de minas, talleres y fábricas con humo saliendo de las chimeneas. Ya no se encontraba campo abierto entre un pueblo y otro, sino todos los condados entre Wolverhampton y Birmingham se unieron unos a otros para convertirse en un gigantesco polígono industrial. El apodo de “Black Country” se ganó en el siglo XIX por el alto nivel de contaminación. El humo negro que salía de las chimeneas tapaba el sol a todas horas. El traqueteo de cadenas y máquinas pesadas ahogaban al canto de aves. Hasta el agua de los canales salían negros, donde no se encontraba ni un pez.

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A pesar de que la industria pesada fue el factor principal que elevó el Reino Unido a la primera potencia mundial durante el siglo XIX, las condiciones de vida de los obreros eran más bien duras. En los talleres de cadenas de siglo XIX trabajaban 56 horas a la semana y solo cobraban si lograban producir la cantidad pedida en el tiempo acordado. No existía baja de maternidad y muchas mujeres trabajaban con el bebé en una cesta colgada del techo del taller. Sus hijos pequeños las ayudaban en las tareas, y los niños mayores de 12 ya tenían edad para picar en las minas o mover ladrillos. Los peores trabajos estaban en las minas, donde miles de trabajadores murieron en caídas, explosiones y accidentes laborales. La alta temperatura, humedad y aire contaminada bajo tierra dañaron los ojos de muchos trabajadores, que perdieron la vista. Se estimaba que la edad media en que murieron los mineros era 37.

Para transportar las minería de las minas a fábricas, se usaban la extensa red de canales, algunos al aire libre, otros en túneles para atravesar los montes. Para conducir las barcas por los túneles, la técnica era “legging” (patear), donde los conductores se tumbaban en un tablón con los pies fuera de la barca, y pisaban en las paredes del túnel para empujar la barca hacia delante. A veces, un pateador podía llevar varias barcas conectadas con cadenas. La leyenda local decía que el pateador más longevo empezó a trabajar en los canales a los 14 años y se jubiló a los 87. ¡Y varias veces él sólo había llevado una flota de 3 barcas cargadas de caliza atravesando 3 kilómetros de túneles en un tiempo de 4 horas!

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Dos conductores practicando “legging”

Pero precisamente por la industrialización y las pésimas condiciones laborales, el Black Country se convirtió en uno de los focos más importantes de actividad sindical. Desde mediados de siglo XIX hasta principios de siglo XX, los trabajadores protagonizaron una serie de huelgas que lograron aumentar los salarios, reducir las jornadas y mejorar las condiciones de trabajo para la salud. La ciudad de Birmingham, por su punto estratégico y diversos sectores industriales, se convirtió en una de la segunda ciudad más grande en Inglaterra y una de las más prósperas.

A partir de la Primera Guerra Mundial, la producción de carbón sufrió un declive en demanda. Las minas empezaron a cerrar, y con ello poco a poco todas las fábricas y talleres de Black Country. Las chimeneas que antaño teñían el cielo de negro ya dejaban de echar humo. Los aguas volvían a ser transparentes y los peces y aves volvieron a los ríos y canales.

El país negro ya dejó de ser negro. Pero el nombre ya está puesto.

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La época contemporáneo y el Black Country Museum

Desde los años 50, el Black Country se ha convertido en parte del “cinturón de óxido”, una antigua región industrial caída en decadencia, y una de las zonas con la tasa más alta de desempleo. A día de hoy, el paisaje consiste en pueblos residenciales intercalados por almacenes y polígonos industriales, ya que algunas industrias fabricando tubería y cadenas aún están en operación. Muchas casas están pegadas a carreteras anchas con estrechas aceras que no invitan a pasear, correr ni montar bici. Los negocios más típicos eran los de comida rápida para llevar. El único entretenimiento está en los pubs. Durante nuestro viaje nos alojamos en un hotel que no es nada turístico. Se usan para celebrar eventos y bodas. Cuando preguntamos los recepcionistas sobre la geografía local, nos contestaron con cara de no tener ni idea. Una nos dijo que de Birmingham ciudad lo único que conocía bien eran los pubs.

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La época de mayor declive industrial de la posguerra coincidió con una gran oleada de migración procedente de países de Commonwealth. Junto a Birmingham, la región sufrió varios disturbios raciales durante los años 60 y 70. A día de hoy, muchos residentes trazan sus antepasados a Jamaica, Pakistan y Bangladesh, y entre la generación joven se ve un gran número de mestizos y mulatos, reflejando varias generaciones de mestizaje entre la población autóctona con la inmigración extranjera, sobre todo la de Caribe.

Las porciones que sirven en los pubs son gigantescas y por la calle se ve mucha gente obesa, sobre todo entre jóvenes y niños. Mirando a nuestro alrededor, éramos siempre los más esbeltos, y no somos exactamente gente de complexión delgada. Sin embargo, la mayoría de los lugareños fueron muy amables y nos trataron muy bien.

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La mayor atracción en la zona es sin duda el Black Country Museum, que fue el propósito principal de nuestro viaje. Se trata de una sección del pueblo de Dudley conservado en el tiempo como un museo folclórico para reproducir la vida en la época de mayor esplendor industrial a principios de siglo XX. Los voluntarios (y muchos visitantes) van vestidos de época y hacen demostraciones de cómo extraían carbón de las minas de bombas de vapor, cómo forjaban herramientas de hierro en los hornos, y de cómo era la vida cotidiana para una típica familia obrera que se dedicaba al carbón, acero o el transporte de minería por los canales.

Termino este artículo con algunas fotos que hemos sacado durante nuestra visita.

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La paradoja de la nueva izquierda y las políticas identitarias

26 Ene

Las políticas de izquierda surgieron en el siglo XIX, a raíz de la industrialización y la emergencia de la clase obrera. Durante esa época, las reivindicaciones eran sobre todo económicas, para conseguir mejores condiciones laborales y mayor redistribución de riqueza a través de movilizaciones colectivas. Aunque las organizaciones de izquierda ya se dividían entre distintas corrientes, las principales, como el socialismo, comunismo y anarquismo, reivindicaban la solidaridad internacional, en que obreros de distintas nacionalidades deberían unirse en la lucha de clases.

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Internacionalismo soviético

Nacionalismo vs socialismo a principios de siglo XX

Durante finales de siglo XIX y principios de XX, los sentimientos nacionalistas se extendieron por toda Europa. En imperios multiétnicos como el austro-húngaro, ruso y otomano, cada grupo étnico luchaba por su derecho de autogobierno, reivindicando la solidaridad entre personas que compartían el mismo idioma, religión y origen racial, excluyendo a los diferentes. En ciudades cosmopolitas como Viena, Budapest, Odessa y Constantinopla, el efecto de los nacionalismos era especialmente venenoso, ya que las distintas identidades culturales luchaban cada una por los suyos, tachando a los otros como rivales o enemigos, así creando enfrentamientos entre amigos y vecinos de toda la vida.

Los partidos de izquierda, sin embargo, opusieron ferozmente a todos los nacionalismos. Contrariando el típico discurso de que “los otros nos quitan el trabajo”, los sindicatos reivindicaron que obreros de todas las culturas, colores y lenguas tenían mucho más necesidades en común que las diferencias en idiosincracia. Gracias a este efecto integrador, ciudades industriales como Londres, Glasgow, París, Barcelona y Marsella eran capaces de absorber millones de trabajadores de un crisol de culturas y nacionalidades sin sufrir grandes brotes de xenofobia o conflictos interétnicos.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, casi todos los nacionalismos eran de derechas. Tanto para los marxistas como para los sociodemócratas, identidades como la nacionalidad, la lengua, la religión o la raza no eran nada más que divisiones artificiales que la burguesía había inventado para mantener la clase trabajadora dividida.

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La “épica eslava” de Alfons Mucha representa el nacionalismo eslavo

La izquierda cultural posterior de los 60

Sin embargo, durante los años 60 surgió un cambio de rumbo debido a 3 factores.

Primero, en los países occidentales, tras el establecimiento del estado de bienestar después de la Segunda Guerra Mundial, la vida de los obreros se volvió cada vez más acomodada, pero la distribución de riqueza solía llegar solamente a manos de hombres blancos, heterosexuales que no pertenecía a una minoría étnica. Segundo, la generación criada en la posguerra empezó a cuestionar los valores tradicionales como la familia, la patria, la moralidad sexual y los papeles de género, revolucionando la sociedad con la música rock y el amor libre. Tercero, muchas colonias de los imperios europeos en Asia y África lucharon por la independencia, visibilizando las injusticias que habían sufrido durante generaciones a manos del hombre blanco.

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Mayo 68, París

De ahí surgió una nueva izquierda, más cultural que económica, cuya agenda ya no se centraba en la lucha de clases, sino en la emancipación de la mujer, la libertad sexual, la decriminalización de las drogas, la independencia de los pueblos colonizados, la autodeterminación de las minorías culturales, y la erradicación de prejuicios como el racismo, el machismo y la homofobia. Los nacionalismos ya dejaban de ser mal vistos, por lo tanto que reivindicasen la identidad de los colectivos reprimidos. Los protagonistas de esta nueva izquierda ya dejaba de ser los obreros de la fábrica, sino estudiantes y profesores de la universidad.

Los valores de la vieja y nueva izquierda diferían tanto que según relata la autora francesa Virginie Despentes, a pesar de que sus padres y abuelos eran anarquistas y comunistas de toda la vida, se escandalizaron cuando ella se hizo punki.

En la mayoría de los países europeos, los partidos socialistas trataron de integrar a tanto la vieja como la nueva izquierda, pero en EEUU, donde nunca hubo un movimiento socialista muy destacado, el Partido Demócrata abandonó en total la lucha de clases, sustituyéndola con la lucha de las identidades reprimidas.

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Argelinos durante la guerra de independencia

La izquierda cultural y las políticas de identidad en EEUU

Al llegar al siglo XXI, la izquierda cultural en EEUU se radicalizó.

Los activistas en el ámbito universitario dividen el mundo entre dos grupos: los privilegiados y los reprimidos. Los primeros consisten de gente de raza blanca, varones y heterosexuales. Los segundos consisten de gente no-blanca, mujeres, y minorías sexuales. Todas las movilizaciones se organizan alrededor del concepto de identidad: a favor de las mujeres, de los afroamericanos, de la gente no-blanca, de los gays, de los pueblos indígenas, de los dreamers o de los sin-papeles.

Como la constitución estadounidense prohibe hacer leyes que discriminan a ciudadanos por raza y género, los militantes de izquierda tratan de hacer propaganda para crear concienciación de la discriminación cotidiana que sufre miembros de las “identidades reprimidas” y señalar a los culpables para avergonzarlos en público. En el ámbito cultural, tratan de censurar o condenar cualquier película, serie, canción, libro o discurso que puede ofender la sensibilidad de dichos colectivos. En medios progresistas como HuffPost y AJ++, una de las frases más repetidas es white privilege, en referencia a la ventaja social que disfrutan los blancos a la hora de conseguir empleo, alquilar vivienda o recibir un trato más justo por la policía.

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Estudiantes norteamericanos

Paradójicamente, contrario a pioneros de derechos civiles como Martin Luther King que luchaba por la integración racial, la nueva izquierda estadounidense favorece la creación de “espacios seguros” para mujeres y minorías étnicas o sexuales en universidades y empresas, donde miembros de aquellos grupos puedan sentirse seguros sin ser molestados. Ya se están poniendo de moda servicios, negocios, empresas o centros de coworking solo para mujeres, y en los casos más extremos, para mujeres de color. El intercambio cultural también se ha convertido en pecado, ya que cuando una persona blanca adopta un vestimenta, estilo de música o gastronomía de origen no-europeo, le acusan de “apropiación cultural“.

Mientras tanto, ¿qué pasa con la lucha de clases? Los blancos pobres, a pesar de todas las dificultades socioeconómicas que sufren, sienten totalmente ignorados por las políticas identitarias de la nueva izquierda. Me puedo imaginar la rabia que siente un minero desempleado de Pensilvania, padre divorciado con 3 hijos, al escuchar una feminista de una universidad de Ivy League decir qué él es parte de la clase privilegiada por ser blanco, varón y heterosexual.

¿Qué haría en respuesta? votar a un demagogo como Donald Trump.

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No todos los blancos son privilegiados

Mi opinión personal

Aunque estoy de contra de cualquier forma de represión, injusticia y discriminación por motivo de género, etnia y sexualidad, en mi opinión, hacer políticas de identidad es totalmente contraproducente para la justicia social. Porque cuando un grupo se cierra para defender su identidad recriminando a otros, provocaría la misma reacción en el bando contrario.

En Viena a principios de siglo XX, la comunidad alemana era el primero en reivindicarse como los auténticos vieneses. En respuesta, la comunidad checa también hizo lo mismo, seguida por la húngara y la italiana, hasta que la convivencia en la ciudad se fracturó en una guerra de identidades enfrentadas, que al final, abrió las puertas a la dominación nazi. En EEUU pasa algo parecido. Las políticas identitarias a favor de las minorías étnicas han provocado el sentimiento identitario de los blancos, encabezado por el Alt Right. En España, el independentismo militante de los catalanes durante el proces en 2017 también ha despertado el nacionalismo español más rancio, que hace pocos años estaba totalmente estigmatizado.

Por un lado, estoy totalmente a favor de mantener escuelas e instituciones culturales que protegen la lengua e idiosincracia de las minorías culturales, tanto como declarar su lengua como co-oficial en la región donde forman la mayoría. Pero otra cosa totalmente diferente es crear divisiones políticas explotando esta diferencia, señalando una identidad cultural como el eterno verdugo y otra como la eterna víctima.

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En mi ámbito personal, siempre he tenido amigos de diversos orígenes, clases sociales, nacionalidades y de ambos sexos. Nunca se me había planteado quién perteneciera a un grupo privilegiado y quién perteneciera a un grupo reprimido, porque todos compartimos la misma humanidad. Y si los medios se dedican a bombardearnos con propaganda día y noche para dividirnos por esas categorías, el trato cotidiano resultaría incómodo. A veces he pensado, con tantas amigas muy cercanas que he tenido durante toda la vida, ¿cuántas realmente me han percibido como miembro de una casta represora por ser hombre y heterosexual?

Es evidente que en EEUU la nueva izquierda ya ha perdido totalmente el apoyo de la clase obrera. Los blancos sienten ignorados. Para los negros de barrios deprimidos, la agenda cultural es demasiado alejado de los asuntos de su vida cotidiana para sentirse representados. Los activistas más militantes suelen tener un alto nivel de estudios, que irónicamente, proceden en su mayoría de familias blancas y adineradas.

Si algún día la izquierda quisiera volver a ser el partido de las masas, tendría que dejar la lucha de identidades para enfocarse en asuntos más prácticos que afectan la vida de todos los ciudadanos, como mejorar la educación y sanidad pública, luchar contra la precariedad laboral, crear barrios con mejor infraestructura y proteger el medio ambiente.

El perfil sociológico del gángster norteamericano

26 Jun

Uno de los prototipos de personaje histórico más retratado en el cine comercial estadounidense, a parte de los cowboys del Oeste, es el gángster durante los violentos años 20 y 30. En muchas películas, el típico gángster norteamericano es retratado como un tipo que se vestía de forma elegante, de naturaleza violenta y carácter asertivo, pero poseía ciertos principios y valores, que por regla general, nunca traicionaba a sus amigos ni hacía daño a mujeres, niños y personas inocentes. A pesar de ganarse la vida apretando el gatillo, solo ejercía la violencia cuando era estrictamente necesario, y siempre contra quién se lo merecía.

A veces me pregunto: ¿esos “bandidos caballerosos” con la ética de Robin Hood existieron de verdad? En este post, voy a analizar un poco el perfil sociológico del “típico” gángster estadounidense de la época de la ley seca.

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Cuando oímos la palabra “gángster” solemos asociarlo a un miembro del crimen organizado. En EEUU, el crimen organizado no apareció de día a mañana, sino evolucionó poco a poco desde un modo de delincuencia mucho más crudo: la banda callejera. Desde el siglo XIX, en muchas ciudades americanas como Nueva York, Chicago y Boston, la presencia de bandas callejeras ya era conocida. En ciertos barrios neoyorquinos como Five Points y Hell’s Kitchen, algunos visitantes contemporáneos, como Davy Crockett y Charles Dickens, ya comentaban de fenómenos como docenas de jóvenes armados con machetes, navajas y palos que se enfrentaron en plena calle para resolver sus diferencias del modo más salvaje.

¿Por qué surgieron las bandas callejeras? Durante el siglo XIX, en la mayoría de las ciudades la ley y orden no funcionaban de forma tan eficaz como ahora. Los cuerpos de policía constaban de pocos efectivos y carecían de recursos para atender a las necesidades de los cientos de miles de habitantes de las ciudades industrializadas, cuya población no dejaba de aumentar por la llegada sin cesar de inmigrantes. Una gran parte de las ciudades carecían de las infraestructuras más básicas como alcantarillas y agua corriente. Derrumbes de edificios, incendios y brotes de enfermedades contagiosas eran ocurrencias cotidianas. Las comunidades inmigrantes, por la barrera cultural y lingüística y los abusos que sufrían a manos de las autoridades, confiaban aún menos en las fuerzas de orden. La gran mayoría de los problemas, desde pequeñas deudas hasta robos y violaciones, se resolvían por cuenta propia a través de amenazas y venganzas. Las bandas callejeras, en cierto modo, surgieron como meros agentes para resolver las disputas entre vecinos en los barrios marginales abandonados por las autoridades.

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Pandillero neoyorquino, siglo XIX (De James Brown)

La gran mayoría de las bandas callejeras se organizaban por barrio y por origen étnico. A principios de siglo XX, en Nueva York las más conocidas eran el Eastman Gang, de origen judío, y el Five Points Gang, de origen italiano. La mayoría de los pandilleros no eran nada elegantes ni sofisticados, sino chavales de aspecto huraño que pasaban todo el día en la calle, en las tabernas y en los prostíbulos más sórdidos, siempre con una navaja en la mano dispuestos a usarla contra cualquiera que les faltaba respeto. Su principal actividad era extorsionar comercios, controlar apuestas, hacer de proxeneta a las prostitutas y pelearse con miembros de bandas rivales, pero su influencia raras veces excedía a las pocas manzanas que constituían su barrio. A pesar de todos los golpes que daban y los sectores de la economía negra que controlaban a nivel local, pocos llegaron a ser ricos. Hasta los líderes de las bandas no ganaban ni un ingreso medio.

Todo cambió en 1921, cuando el gobierno federal estadounidense puso en marcha la ley seca. Como el contrabando de licor era un negocio tan lucrativo, muchos pandilleros empezaron a dedicarse a ello. De día a mañana, Los que antes eran chulo-putas de barrios bajos se volvieron ricos. Los que antes peleaban con navajas ahora disponían de pistolas y armas automáticas. Otros delincuentes también se aprovecharon del boom del mercado negro, algunos asaltando a los camiones de contrabando, otros secuestrando a los traficantes ricos pidiendo rescates astronómicos. La violencia se escaló tanto en frecuencia como en intensidad, con noticias de tiroteos, asesinatos, atracos y secuestros llenando las portadas de la prensa sensacionalista. Para marcar el nuevo estatus socioeconómico que disfrutaban, los pandilleros ya no se vestían como rufianes del barrio bajero, sino con trajes hechos a medida y camisas de seda. Se alojaban en hoteles de lujo y frecuentaban restaurantes y casinos de mayor estatus, haciéndose pasar por hombres de negocio de clase alta. De ahí, el pandillero se convirtió en el “gángster”.

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La banda callejera “Five Points gang”, formada por pandilleros italianos

Pero la verdadera transformación de “banda callejera” a “crimen organizado” sucedió en 1931, cuando un grupo de gángsteres liderado por Lucky Luciano y Meyer Lansky, tras llegar a la cima del mundo de la hampa, decidieron formar un pacto de colaboración entre todas las bandas de Nueva York, conocido como la “comisión del crimen“. A partir de ahí, todas las bandas tenían que respetar el territorio de otras y la violencia entre bandas fue estrictamente prohibida bajo la pena de muerte. En respuesta a cualquier delito cometido por un miembro de la comisión, todos los gángsteres tenían la obligación de colaborarse entre sí para ocultar pruebas, mentir en el juicio, sobornar a policías, fiscales y jueces, y amenazar, o matar, a testigos. Entonces, el contrabando de licor, la prostitución, el juego, la extorsión, la venta de drogas y los atracos armados se convirtieron en actividades económicas de una empresa multinacional con sus propias normas de conducta, estrategias empresariales y jerarquía de mando.

A pesar de que la ley seca fue revocada en 1933, el crimen organizado ya había acumulado tanto poder que a parte de dominar a los bajos fondos, también controlaba a muchos negocios legítimos e influenciaba al sistema judicial y la política. Desde los años 30 hasta finales de 60, la mayoría de sus crímenes se quedaron impunes. Los perpetradores raras veces fueron detenidos, imputados y casi nunca condenados. Muchos de los pandilleros de los años 20 habían muerto jóvenes con un tiro en la nuca, pero otros amasaron auténticas fortunas. Los más listos abandonaron la vida de crimen y invirtieron la capital en negocios legítimos, transformándose en empresarios respetables en los años 50 y 60. Efectivamente, habían conseguido el “sueño americano”.

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Meyer Lansky, uno de los fundadores de la “comisión de crimen”

Ahora, vamos a llegar al punto clave: ¿cómo era el típico gángster norteamericano de los años 20?

El típico gángster era un joven procedente de un gueto de inmigración. Algunos habían nacido en Irlanda, Italia, Rusia, el imperio otomano o austrohúngaro, otros habían nacido en EEUU de padres que habían emigrado de esas tierras, pero en la mayoría de los casos, EEUU era el país donde habían pasado su infancia y también donde habían iniciado su carrera criminal. Así que efectivamente, el “gángster americano” era un producto del nuevo mundo, independiente de su origen étnico.

Todos, sin excepción, habían pasado la adolescencia viviendo de la hampa en los bajos fondos, robando carteras, timando a forasteros, atracando a transeúntes, vendiendo drogas, amenazando a morosos o dando palizas por la calle. Cuando entró en vigor la ley seca en 1921, la gran mayoría de los gángsteres eran muy jóvenes. Lucky Luciano tenía apenas 24 años, Meyer Lansky 19, Bugsy Seigal 16 y Al Capone 22, pero todos ya gozaban de una reputación temerosa en los barrios donde residían. Contraria a la idea de muchas películas que era la ley seca que “volvió delincuentes” a hombres normales, eran más bien delincuentes curtidos que aprovecharon la ley seca para hacerse ricos. De hecho, antes de 1921, muchos de los futuros gángsteres ya habían sido detenido por docenas de delitos desde robo con violencia hasta agresiones sexuales. Básicamente, no era gente con la que preferirías pasar una tarde tomando cañas.

¿Entre ellos había ladrones honrados como en las películas? En mi opinión, si lo hubiera, el porcentaje no sería mayor que entre los delincuentes de hoy en día o entre los presos de cualquier cárcel, porque al fin y al cabo, se trababa de gente acostumbrada de vivir de la estafa, de la coacción y de la violencia. La única diferencia fue que debido a las peculiares circunstancias históricas, se hicieron ricos.

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Los bajos fondos…

Entonces, ¿por qué hay tanto culto en Hollywood hacia el gángster americano?

En mi opinión, representaba la visión más extrema del sueño americano, en que cualquier persona, por lo humilde que fueran sus raíces, podría llegar a la cúspide de la sociedad si tuviera dinero, aunque lo hubiera conseguido a través de robos, contrabando y asesinatos. No hay que olvidar que los gángsteres eran en su mayoría hijos de inmigrantes, de grupos étnicos que en la época que vivían, no eran bien aceptados en la sociedad norteamericana. A pesar de que muchos habían vivido casi toda la vida en EEUU, no solían ser percibidos como “verdaderos americanos” por su apellido, religión o rasgos. Los partidos conservadores de la época usaban la alarma social hacia el gansterismo como excusa para defender sus políticas xenófobas y antisemitas, retratando los gángsteres como una corrupción extranjera a los valores estadounidenses. Por eso, el gángster americano también representaba el triunfo de los marginados, rechazados y discriminados, que habían logrado el respeto en la sociedad a través de la violencia, que probablemente, para las circunstancias en que se criaron, era la única medida que disponían para perseguir el sueño americano.

De skinheads y cosacos

5 Nov

Los skinheads

Para la mayoría de la gente, la palabra skinhead es sinónimo a neonazi, miembro de una banda de matones que pegan palizas a inmigrantes, minorías étnicas, homosexuales e izquierdistas. Sin embargo, si estudias la historia de este movimiento, te sorprenderá que los orígenes de la movida no tenía nada que ver con ideologías políticas de la extrema derecha, más bien todo lo contrario.

En resumen, la moda de skinhead nació en Londres a finales de los años 60, importada por inmigrantes afrocarribeños que llegaron en masa para buscarse la vida en las fábricas y los muelles, conocida como la generación Windrush. Muchos de ellos se concentraron en los barriadas obreras en el sur y éste de Londres, compartiendo vecindario con familias inglesas de clase humilde.

Los jóvenes jamaicanos trajeron consigo la moda de los rude boys de Kingston, un estilo mezclando la elegancia clásica con la rudeza callejera, caracterizado con el pelo corto, cara afeitada, camisa con cuello, tirantes, pantalones de cintura alta y botas. Frecuentando los mismos bares y discotecas, muchos ingleses blancos de origen humilde también adoptaron la misma estética como una seña identidad propia de la clase obrera, formando un contraste radical al pelo largo del movimiento hippie, dominante entre las clases medias.

Rude boys jamaicanos

Rude boys jamaicanos

Los primeros garitos de skinheads surgieron en los barrios de Brixton, Clapham y otros barrios en el sur de Londres, donde jóvenes blancos y negros bailaron a música de reggae, R & B y rocksteady importados desde el Caribe. De estos mismos garitos surgió un nuevo género de música: skinhead reggae, también conocido como el ska. Durante la mayor parte de los años 60 y principios de 70, la cultura skinhead era un movimiento multirracial. Desde sus raíces en Londres se extendió a otras ciudades industriales del norte. En aquella época, ya tenía la fama de gamberros ya que muchos skinheads estaban asociados a los ultras de futbol que participaban en reyertas callejeras durante derbys. Sin embargo, carecían de ideología política.

Skinheads londinenses, 1960

Skinheads londinenses, 1960

El gran cambio sucedió a finales de los años 70, cuando la inmigración masiva de indios y paquistaníes, la llegada de refugiados hindúes expulsados de las ex colonias africanas, la recesión económica y una elevada tasa de desempleo provocaron un aumento de sentimientos xenófobos. Se fundó un partido político de corte fascista llamado British National Party, que reivindicaba la expulsión de todos los inmigrantes y el retorno a una Inglaterra de blancos anglosajones de pura cepa. El partido reclutó sus miembros principalmente entre ultras de futbol y jóvenes desempleados de barrios deprimidos, muchos de los cuales eran skinheads.

Poco a poco, el movimiento de extrema derecha se apropió del movimiento skinhead, a tal punto de regentar discotecas de música skinhead donde solo dejaba entrar gente afiliada al partido. Sin embargo, no todos los skinheads se dejaron seducir por el movimiento fascista. Hasta el día de hoy, sigue habiendo colectivos de skinheads que celebran las raíces originales del movimiento: la fusión de la cultura afrocaribeña con la de la clase obrera londinense, que a finales de los años 80 formaron una asociación conocida como SHARP (Skinheads against racial prejuidice). Empero, en la mente popular, la asociación de la estética skinhead con la ideología fascista ya está establecida. Y la reacción instintiva de cualquiera, al ver un grupo de skinheads en una calle desolada por la noche, es cambiar de acera.

Reunión de la primera generación de skinheads

Reunión de la primera generación de skinheads

Los cosacos

Otro grupo demográfico que a día de hoy está asociado a la extrema derecha son los cosacos. Son comunidades paramilitares que residen en la estepa rusa entre los ríos Dnieper, Don y Volga. Tienen la reputación de ultranacionalistas rusos o ucranianos que defienden la autoridad imperialista y el sometimiento de las minorías étnicas. En su vida cotidiana, reivindican los papeles tradicionales de género y la obediencia absoluta a la autoridad patriarcal. En la guerra civil actual en Ucrania, muchos de los combatientes en ambos bandos pretenden ser cosacos, que luchan para defender la supremacía de una nación sobre la otra.

Combatientes cosacos en la guerra civil de Ucrania

Combatientes cosacos en la guerra civil de Ucrania

¿Pero de dónde vienen los cosacos? La respuesta se remonta al siglo XIV, cuando Rusia aun formaba parte del imperio mongol-tártaro.

Un siglo después de la épica conquista de Gengis Khan, el imperio más grande del mundo estaba a punto de desintegrarse. La disciplina de hierro que ejercían los jefes militares mongoles sobre sus subordinados se desmoronó. Muchos soldados desertaron, terminando en tierra de nadie en la estepa rusa al norte del Mar Negro, donde formaron pandillas que vivían de la caza, la pesca y el bandidaje. Aquellos bandoleros de origen mongol, túrquico y circasiano eran conocidos como cosacos, que en la lengua turca significaba “hombre libre” o “filibustero”.

Cosaco, siglo XVI

Cosaco, siglo XVI

Cuando Rusia se consolidó como la fuerza dominante de Europa del éste en el siglo XV, la estepa al norte del Mar Negro se convirtió en una zona fronteriza entre los imperios ruso, otomano y varios kanatos tártaros. Muchos siervos rusos, hartos de la explotación de los latifundistas y la represión de los señoritos, huyeron a la estepa, donde se unieron con los fugitivos de las naciones turco-mongoles. El mestizaje de las dos poblaciones crearon una nueva identidad híbrida: una sociedad de campesinos guerreros que hablaban la lengua rusa y practicaban el cristianismo ortodoxo, pero en vestimenta, equitación, tácticas militares y costumbres cotidianas, heredaron tradiciones de Asia Central.

Se organizaron en varios huestes, cada uno gobernado por un sistema democrático donde un escuadrón (sotnia) de diez guerreros elegían a un mando, cada diez de esos mandos elegían a un mando de cien hombres, cada diez mandos de cien hombres elegían a un mando de mil hombres… hasta llegar a un jefe de los jefes conocido como el ataman. Todas las tierras que cultivaban y el botín de guerra se repartían entre los miembros del hueste.

Cosacos ucranianos

Cosacos ucranianos

Durante los siglos XVI y XVII, cada hueste cosaco era prácticamente un estado independiente que no se sometía a ningún poder imperial. Atacaban a caravanas comerciales de todos los países y saqueaban a latifundios tanto en territorio ruso como en el otomano o polaco. Su espíritu bélico y aventurero les convirtió en pioneros para colonizar las tierras salvajes más al Oriente, formando nuevos huestes en Siberia y Asia Central. Sin que ellos lo supieran, se habían convertido en la vanguardia de la expansión rusa en Asia.

Familia cosaca siberiana en vestimenta tradicional

Familia cosaca siberiana en vestimenta tradicional

Por los constantes hostigamientos a la frontera y por dar cobijo a fugitivos y campesinos huidos, varios emperadores rusos iniciaron campañas militares para aniquilar a los cosacos, pero la simpatía de las clases populares hacia aquellos guerreros libres solo salió reforzada. Durante los siglos XVII y XVIII, dos de las mayores rebeliones de campesinos contra la monarquía fueron liderados por cosacos, la de Stenka Razin en 1670 y la de Yemalián Pugachov en 1775. Ambas terminaron en fracaso con los líderes torturados y ejecutados. Pero los emperadores rusos habían aprendido una lección importante: en vez de hacer la guerra contra ellos, era más eficaz sobornarlos para convertirlos en sus propios matones.

La película "De fuego y espada" retrata una rebelión cosaca del siglo XVII.

La película “De fuego y espada” retrata una rebelión cosaca del siglo XVII.

Desde los tiempos de Pedro el Grande (1682-1725), el imperio ruso empezó a ofrecer tratos a los atamanes cosacos, convirtiéndoles en milicias fronterizas contra la invasión turca a cambio de privilegios fiscales. En los tiempos de Catalina la Grande (1762-1796), casi todos los huestes cosacos habían perdido su independencia. Sin embargo, los cosacos, a diferencia a la mayoría de campesinos rusos, cultivaban cada familia su propia parcela sin ser siervo de nadie, y seguían disfrutando de su sistema democrático a la hora de elegir a sus oficiales. Todos aquellos privilegios vinieron a cambio de 20 años de servicio militar bajo las órdenes de la monarquía rusa. Pero más importante de todo, prohibieron la acogida de fugitivos o siervos huidos. A partir de ahí, los cosacos se convirtieron en una casta militar apartada del campesinado ruso; una sociedad cerrada, endogamica con poca simpatía hacia las clases populares.

Veteranos cosacos, siglo XIX

Veteranos cosacos, siglo XIX

Durante el siglo XIX y XX, los emperadores rusos emplearon los cosacos como una fuerza de choque para reprimir manifestaciones obreras y someter rebeliones de pueblos indígenas. En ojos de muchas minorías étnicas, se convirtió en sinónimo a la represión imperialista. Por los violentos pogromos que ejecutaron contra los judíos, los cosacos ganaron la reputación de antisemitas radicales y verdugos de la iglesia ortodoxa.

Al estallar la revolución de 1917, algunos cosacos se unieron a los bolcheviques, pero la mayoría de los atamánes apoyaron a los imperialistas. Al consolidar la URSS, con el fin de castigar a esta población reaccionaria, el gobierno estalinista desmanteló la mayoría de los huestes cosacos, deportando sus miembros a tierras lejanas y repoblando su territorio con colonos procedentes de otras regiones. Docenas de miles se exiliaron a Francia, China, Alemania y EEUU. Entonces. La identidad cosaca se quedó aniquilada en un “genocidio cultural”.

Cosacos como represores

Cosacos como represores

Cuando el URSS se desintegró en 1991, muchos descendientes de cosacos regresaron a sus antiguos huestes. Reconstruyeron sus comunidades y reeligieron atamánes acorde con las antiguas tradiciones. Sin embargo, después de 60 años de exilio y represión, el espíritu de “hombres libres de la estepa” se ha perdido, y lo que más definen a los cosacos actuales es su fuerte patriotismo hacia la nación rusa (o ucraniana), su rechazo radical hacia las políticas de izquierda y un sentimiento de recelo hacia las minorías étnicas, sobre todo los judíos y los musulmanes de Cáucaso.

Desde el punto de vista histórico, es algo irónico, considerando que en sus orígenes, los cosacos eran amantes de libertad, rebeldes contra el sistema y una sociedad abierta que acogían a todos los elementos repudiados de cualquier nación. Ni siquiera se consideraban rusos.

Los cosacos actuales mantienen su arraigada tradición bélica

Los cosacos actuales mantienen su arraigada tradición bélica

Tanto los skinheads como los cosacos representan ejemplos que cualquier movimiento social, independiente de sus raíces, se puede tergiversarse a tal punto para convertirse en algo totalmente contrario a su espíritu inicial.

Los orígenes del populismo y sus peligros

6 Abr

Voy a empezar este artículo hablando de uno de los personajes históricos que más admiro: Tiberio Graco. Para conocer los detalles, podéis ver este video de un documental dramatizado de la BBC. Pero aquí cuento una versión muy resumida de su historia.

Antes de que Roma se convirtió en el imperio que todos conocemos, era una república gobernada por un senado, formado por 500 miembros de la élite social. Los ciudadanos de a pie podían participar en decisiones políticas a través de asambleas de la plebe, presididas por tribunos, pero el senado tenía el poder de vetar sus propuestas.

La mayoría de los ciudadanos romanos de la época (siglo V – II a.c.) eran campesinos propietarios de pequeñas granjas. Todos tenían el derecho de votar y la obligación de prestar servicio militar. Esta clase media de campesinos-soldados formaba la base de la sociedad republicana y la fuente de estabilidad social. Sin embargo, durante el siglo II a.c. la situación empezó a cambiar. La expansión colonial por nuevas tierras en Hispania, Galia y África hizo alargar las campañas militares. Los soldados, que antes pasaban solamente unos meses fuera de casa, ahora se ausentaban durante varios años, y muchos nunca volvieron.

Asamblea plebeya

Asamblea plebeya

Al estallar la tercera Guerra Púnica, muchas familias campesinas tenían todos los hombres de edad militar en el ejército. Con solo mujeres, niños y ancianos atendiendo el campo, muchas se arruinaron y tuvieron que vender su tierra a un precio muy barato a los especuladores. Los soldados, al volver de las campañas militares, descubrieron que sus granjas familiares habían desparecido. Sin hogar ni medios para ganarse la vida, acabaron en Roma malviviendo en la calle, formando una clase marginal cada vez más numerosa.

En la adquisición de tierras de campesinos arruinados, los especuladores habían encontrado un negocio cada vez más lucrativo. Cuanto más territorio conquistaban en el extranjero, más hombres podían llamar a filas, más familias se arruinarían y más tierras se podrían comprar a precio barato. En pocos años, el paisaje agrario había transformado de forma radical: las granjas familiares de toda la vida habían desparecido, sustituidas por grandes latifundios de terratenientes poderosos, trabajados por esclavos capturados de las conquistas extranjeras.

Algunos tribunos de la plebe habían exigido soluciones a esta creciente desigualdad, pero el senado, dominado por los lobbies de especuladores y terratenientes, ignoró las peticiones. A la mayoría de los tribunos les sobornaron, y a los más revolucionarios les destituyeron directamente, poniendo en su lugar a marionetas.

Barrio popular en la antigua Roma

Barrio popular en la antigua Roma

Tiberio Graco era el hijo de una familia acomodada, pero gracias a la educación de su madre, desde muy joven había poseído un fuerte sentido de justicia social. Regresó de la tercera Guerra Púnica como un héroe nacional por ser el primer soldado en escalar los muros durante el asedio de Cartago, y aprovechando su prestigio social, decidió dedicarse a la política presentándose como tribuno de la plebe.

En la asamblea de la plebe, Graco propuso una serie de reformas agrarias, subiendo impuestos a los ricos, persiguiendo el fraude fiscal y dando al estado el poder de apropiar terreno de latifundios que habían superado 125 hectárea, para redistribuirlo entre los más necesitados; también propuso un sistema rudimentario de la seguridad social para asegurar el bienestar básico de los ciudadanos con menos medios. Sus propuestas fueron bien recibidas por la plebe, pero no sentaron muy bien en el senado porque amenazaron los intereses de la élite.

Tiberio Graco, en una caricatura del siglo XIX

Tiberio Graco, en una caricatura del siglo XIX

Gracias a su carisma, excelente poder oratorio y lenguaje callejero, logró ganar el corazón de las masas. Cuando el senado intentó vetar sus propuestas, Graco llamó a la desobedencia masiva en un acto parecido a una huelga general, con docenas de miles de seguidores tomando las calles, cerrando mercados, templos y paralizando toda la ciudad hasta que el senado aprobase sus propuestas. Era la primera vez que una ley se aprobó no por la votación en el senado, sino por la movilización de las masas. Era un acto anticonstitucional, pero la única manera de imponer la voluntad del pueblo.

Hasta el día de hoy, los historiadores aún discuten sobre las verdaderas intenciones de Graco. Algunos lo consideran un revolucionario idealista motivado por el compromiso social con los más desfavorecidos, otros lo descalifican como un oportunista que manipuló a las masas con discursos demagogos para conseguir el poder personal. La verdad nunca se pudo saber, porque dos años después de la aprobación de su reforma agraria, él murió asesinado por matones contratados por los terratenientes.

La muerte violenta de Tiberio Graco

La muerte violenta de Tiberio Graco

Tras su muerte, sus seguidores formaron un partido político, los populistas, que defendían los derechos del pueblo, frente a los optimates, que defendían los intereses de la élite senatorial. Aunque las reformas sociales de Graco eran totalmente legítimas, muchos de sus sucesores no tuvieron motivos tan legales. Aprovechando la rabia y la desesperación de la clase proletaria, hacían discursos incendiarios para provocar el odio hacia la élite senatorial, mientras elogiaban a los pobres con pan y circo. La lucha entre los partidos se convirtió en un juego de poder entre los que pretendían dominar la sociedad desde arriba con dinero y influencia, y los que pretendían dominar la sociedad desde abajo con la manipulación de las masas.

Tras varias décadas de revueltas populares, violencia callejera, golpes militares y guerras civiles, los populistas ganaron, e irónicamente, sus líderes se convirtieron primero en dictadores y luego en emperadores, acabando con el régimen republicano para siempre.

Los líderes del movimiento populistas se convirtieron en los primeros emperadores

Los líderes del movimiento populistas se convirtieron en los primeros emperadores

El ejemplo de Roma se ha repetido varias veces durante toda la historia. Durante los siglos XIX y XX, muchos políticos, entre ellos Napoleón, Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini Juan Perón, Hugo Chavez…, habían llegado al poder dominando la sociedad a través de la movilización de las masas. A día de hoy, el populismo está volviendo a ganar pulso en Europa y América, tanto los de izquierda como los de derecha.

Los populismos suelen ganar terreno cuando hay un sentido de indignación general entre los ciudadanos, que no sienten representados por ningún partido político tradicional. Igual que en la asamblea de Graco, es una manera de expresar el verdadero sentimiento del pueblo, muchas veces ignorado por la élite política. Aunque inicialmente las causas pueden ser totalmente legítimas, cuando se juntan cientos de miles de ciudadanos enfadados, podría convertirse en una masa fácilmente manipulable como los hinchas de un partido de futbol, que en vez de buscar soluciones, buscan un chivo expiatorio para linchar. Los políticos oportunistas aprovechan esta ocasión para prometer soluciones milagro a problemas complejos y señalar a un colectivo, normalmente uno fácilmente identificable, como el culpable de todo.

Los populistas de derecha suelen jugar con el miedo

Los populistas de derecha suelen jugar con el miedo

Los populistas de izquierda tienden a hacer discursos para provocar el odio hacia la elite socioeconómica; los populistas de derecha suelen despertar los sentimientos nacionalistas, promoviendo el orgullo patriota y echando la culpa de todos los males de la sociedad a extranjeros o minorías étnicas y religiosas. Pero ambos juegan con el lado sentimental, en vez de racional, de los ciudadanos, simplificando situaciones muy complejas en una lucha entre “ellos”, los malos, contra “nosotros”, los buenos.

Tradicionalmente, la comunidad judía en Europa y la diaspora china en Asia, por ser minorías étnicas económicamente destacadas, solían convertirse en el chivo expiatorio de todos los populismos. Por eso, a pesar de que Tiberio Graco siempre será uno de mis ídolos por su valentía, principios y compromiso social, tengo una fuerte desconfianza hacia su legado secundario, el populismo.

Linchamiento de judíos, Rusia, 1881

Linchamiento de judíos, Rusia, 1881

El liberalismo: los inicios, la evolución y la corrupción

25 Feb

En España, el “liberalismo” a día de hoy es casi sinónimo al “conservadurismo” o “capitalismo extremo”. Sin embargo, en sus raíces, se trata de una filosofía que defiende unos principios bien distintos. En este artículo me gustaría hablar de la definición original del “liberalismo clásico”, y de cómo la palabra “liberal” ha ido distorsionando de significado a lo largo de los siglos, en distintos países.

John Locke, el fundador del liberalismo

John Locke, el fundador del liberalismo

En sus inicios, el liberalismo surgió durante los siglos XVII y XVIII. Muchos lo atribuyen al filósofo inglés John Locke (1632-1704). En aquella época, se trataba de una corriente política que oponía a la monarquía absoluta y el sistema feudal, luchando a favor de un estado laico y democrático, donde todos los individuos, independiente de su procedencia, edad, sexo, clase social o religión, disfrutaban los mismos derechos y las mismas libertades.

La filosofía central del liberalismo era que el individuo (en contraposición a la familia, pueblo o patria) formaba el pilar fundamental de la sociedad, y que cada uno era solamente responsable por sus propios actos. Bajo esos principios, lucharon contra la esclavitud, la aristocracia hereditaria, la religión del estado o cualquier persecución por motivos de raza, nacionalidad o religión. También reivindicaban la libertad económica, por lo tanto que los intereses de unos no perjudicaban los derechos básicos de otros, y que la propiedad privada siempre estuviera adquirida por el propio esfuerzo de cada individuo.

El liberalismo clásico jugó un papel importante en la revolución francesa, la revolución gloriosa y la guerra de independencia de EEUU, en una lucha de sustituir los privilegios hereditarios con un sistema de meritocracia.

Caricatura del siglo XVIII de la política británica: Conservadores vs Liberales

Caricatura del siglo XVIII de la política británica: Conservadores vs Liberales

Después de la revolución industrial, muchos liberales se concienciaron de la emergente desigualdad en las ciudades, dándose cuenta de que la libertad individual y la meritocracia sólo tenían sentido cuando se implantase en una sociedad donde había justicia social e igualdad de oportunidades. De ahí, surgió una nueva corriente de liberalismo social que aparte de defender la libertad individual, también reivindicaba el papel de estado de garantizar el bienestar básico de sus ciudadanos. Esos activistas fundaron los primeros sistemas de educación y sanidad pública, que se convirtieron en los pilares del estado de bienestar. La voz más destacada de esta corriente de liberalismo era el británico John Maynard Keynes.

John Maynard Keynes, el padre del liberalismo social

John Maynard Keynes, el padre del liberalismo social

Durante siglos, los liberales eran la principal facción política en contra de los conservadores, hasta que aparecieron los primeros sindicatos que formaron los partidos socialistas. A principio, los liberales y socialistas compartían muchas reivindicaciones, como el estado laico, la democracia representativa, la educación y sanidad pública, la legalización del divorcio, el derecho a aborto y la igualdad de sexos, pero la principal diferencia era que los socialistas nacieron a raíz de la negociación colectiva de trabajadores con el patronal a través de los sindicatos, algo que los liberales consideraron una supresión a la libertad individual.

En países como el Reino Unido surgió un sistema de 3 partidos: los conservadores de derecha, los liberales del centro, y los laboristas de la izquierda.

En el siglo XX, el socialismo sustituyó al liberalismo como la voz del pueblo

En el siglo XX, el socialismo sustituyó al liberalismo como la voz del pueblo

Durante el siglo XX, los dos enemigos principales del liberalismo eran el fascismo y el comunismo, porque ambos reivindicaban la importancia del colectivo (estado, partido, clase social, raza, religión o patria) sobre del individuo. Tanto el partido bolchevique de la URSS como el partido nazi alemán persiguieron a los liberales. En España, muchas reformas de la II república se basaban en principios liberales, sobre todo en el terreno de la educación, la política territorial, la expresión cultural y los derechos de la mujer, pero al estallar la guerra civil, la sociedad se fracturó entre la extrema derecha y la extrema izquierda y los liberales se quedaron olvidados, marginados y perseguidos, tanto por un bando como por otro.

Los liberales opusieron el comunismo por su filosofía colectivista

Los liberales opusieron el comunismo por su filosofía colectivista

A finales de siglo XX surgió una nueva corriente de liberalismo, que al contrario al liberalismo social del principio del siglo, ponía énfasis en la libertad económica. Los proponentes más radicales eran Margaret Thatcher del Reino Unido y Ronald Reagan de EEUU, que redujeron los impuestos y levantaron muchas regulaciones del estado con el fin de fomentar el consumo e incentivar las actividades económicas. Aquellos liberales, denominados “neoliberales”, defendían el desmantelamiento del estado de bienestar.

El Thatcherismo tenía como prioridad fomentar el consumo

El Thatcherismo tenía como prioridad estimular la economía a través del consumo

En España, la palabra “liberalismo” desapareció del vocabulario político después de la Guerra Civil y reapareció en los años 90 con el auge del neoliberalismo en el Reino Unido y EEUU. Entonces, la palabra se ha convertido en un eufemismo para las políticas de la derecha. Irónicamente, muchos de los políticos y medios que pretenden ser “liberales” son en realidad “conservadores”, ya que defienden la monarquía y la unidad de España por encima de la libertad de expresión de los ciudadanos, hacen apología de la dictadura franquista (un régimen totalmente contrario a cualquier clase de liberalismo) y justifican la explotación de trabajadores de las empresas multinacionales. La clase de libertad que reivindican con más fervor es la libertad económica de las grandes empresas, que en principio, va totalmente en contra de la filosofía de John Locke, que reivindicaba la libertad como una condición aplicable solamente para el individuo, nunca para un colectivo.

Sin embargo, en otros países siguen habiendo partidos liberales que defienden las causas originales, como lo del Reino Unido y Canadá. Aparte de estimular las actividades económicas, también defienden una sanidad y educación pública de calidad, la inmigración libre, la decriminalización de las drogas blandas, la regularización de la prostitución, el matrimonio gay, la igualdad de sexos, el derecho de las minorías étnicas/religiosas/lingüísticas, y todas clases de libertades individuales por lo tanto que no violan las libertades de los demás.

Ministros del Partido Liberal, Canadá

Ministros del Partido Liberal, Canadá