La caída del imperio romano y la decadencia del occidente

14 Oct

Muchas personas de países occidentales, normalmente de ideología conservadora, tienen una obsesión de comparar la supuesta “decadencia” de la civilización occidental con la caída del imperio romano. La típica narrativa es que los romanos conquistaron el mundo y construyeron una civilización de gran esplendor, pero luego se acomodaron en su riqueza. La natalidad descendió y los soldados ya no tenían ganas de luchar. Los bárbaros, aprovechando esta debilidad y complacencia, invadieron las fronteras y acabaron con el imperio.

La analogía con el occidente contemporáneo es que durante siglos pasados también habíamos conquistado todo el mundo. Pero a día de hoy las nuevas generaciones están cada vez más acomodadas, más consumistas, menos sacrificados y tienen menos hijos. Mientras tanto, los “bárbaros”, en nuestro caso se pueden referir a musulmanes, africanos, chinos o indios, están esperando a las puertas para invadirnos, robar nuestra riqueza y acabar con nuestro estilo de vida a través de la guerra cultural o la inmigración masiva.

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¿Los bárbaros contemporáneos?

Según hechos históricos, esta narrativa, y su comparación con la situación contemporánea, no puede estar más equivocada. En este artículo quiero destacar los puntos más obvios. Primero, voy a contar un resumen de la larga historia de la decadencia del imperio romano.

El estado romano se fundó en el año 753 a.c. como una ciudad gobernado por reyes. A partir del 509 a.c. se convirtió en una república. Durante los próximos 5 siglos, se expandió a través de guerras y tratados para incorporar ciudades y colonias extranjeras en su territorio, primero absorbiendo toda Italia, luego el resto del Mediterráneo. Pero la expansión territorial desencadenó profundos altercados sociales, económicos y políticos que finalmente causaron el colapso del orden republicano, sustituyéndolo por el orden imperial en 27 a.c. cuando Octavio se proclamó el primer emperador .

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Expansión y colapso del imperio romano

El imperio llegó a su apogeo durante el reinado de los “cinco buenos emperadores”, Nerva, Trajano, Hadriano, Antonio Pio y Marco Aurelio, entre 80 d.c. y 180 d.c.. El territorio alcanzó la máxima extensión y la población llegó a 60-80 millones, dividida entre ciudadanos romanos (los que disfrutaban de derechos civiles y judiciales), peregrini (población nativa de las provincias y colonias) y esclavos (la mayoría prisioneros de guerra, criminales condenados y sus descendientes). Existía cierta movilidad social en que un esclavo podía comprar su libertad, un peregrino podía adquirir la ciudadanía a través de servicio militar o durante amnistías generales. La sociedad se organizaba por un sistema de clientela, en que cada familia rica tenía varios clientes que les hacían recados a cambio de dinero y favores. Esos clientes a su vez tenían sus clientes, y así y así hasta llegar a los estratos más pobres.

Los emperadores, a pesar de padecer poder absoluto, se vieron obligados a hacer caso a las decisiones del senado, la simpatía de la plebe y el respeto de los soldados, porque la estabilidad del poder imperial dependía a gran medida en el apoyo popular. El ejército estaba formado por 400.000 soldados profesionales de diversas procedencias étnicas, la mitad eran ciudadanos romanos que recibían una pensión al licenciarse, la otra mitad eran peregrini que recibían la ciudadanía romana.

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Mosaico romano durante el apogeo

Si hubiera un punto en que el imperio empezó su decadencia, sería a partir de 170 d.c., cuando el ejército, regresando de una victoriosa campaña en Persia, trajo un botín inesperado: la viruela. La epidemia se extendió por todo el imperio, diezmando a la población. Pero el peor legado de la peste quizás no fue solo  las personas que mató, sino la recesión económica, las revueltas populares e la inestabilidad política que provocó. Los emperadores que sucedieron a Marco Aurelio adoptaron un estilo de gobierno cada vez más autoritario. Ya no hacían caso al senado ni a la plebe. Lo único que aseguraban era que los soldados cobrasen su paga para seguir obedeciendo sus órdenes para reprimir cualquier rebelión.

En 235 d.c., el imperio descendió en un estado de caos conocido como “la crisis del siglo III”. La viruela tuvo varios rebrotes y cobró de nuevo millones de vidas. Los soldados amotinaron cada dos por tres, proclamando los instigadores como caudillos, y los caudillos lucharon entre sí para el puesto del trono. Los bárbaros aprovecharon el vacío en la defensa y los campos despoblados para invadir el corazón del imperio, a veces luchando contra los ejércitos de los caudillos, a veces uniéndose con ellos. Tal anarquía duró 50 años, hasta que uno de los caudillos, Diocleciano, logró derrotar a todos sus enemigos, restaurar las fronteras, y unificar de nuevo el imperio en 284 d.c..

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El emperador Séptimo Severo del siglo III era uno de los muchos militares golpistas

Tras la reunificación, el imperio volvió a vivir otro siglo de paz y prosperidad, pero la crisis del siglo III provocó algunos cambios sociales irreversibles. Para salvarse de la peste y las guerras, muchos romanos huyeron de las ciudades para instalarse en el campo, poniéndose bajo la protección de algún poderoso terrateniente. El viejo sistema de clientela y la distinción entre ciudadano, peregrino y esclavo se desintegró, sustituido por un feudalismo entre señores y siervos. Para facilitar la administración, Diocleciano dividió el imperio en 2 mitades: Occidente y Oriente. Cuando el emperador Constantino se convirtió al cristianismo y trasladó la capital del imperio a Constantinopla en 330 d.c., el Occidente se quedó relegado al segundo plano, mientras el Oriente prosperó.

Después de varios brotes de viruela, la población del imperio se quedó reducido a entre la mitad y 2/3 de lo que era durante el auge. Pero para hacer frente a una amenaza bárbara cada vez más seria, el ejército necesitaba más efectivos. Tras la hiperinflación durante la crisis, los sueldos militares ya no resultaban atractivos y los poderosos terratenientes retenían a los sujetos más fuertes como miembros de su milicia privada. Pero la falta de aspirantes romanos fue compensada por otra fuente de voluntarios: los bárbaros fuera de la frontera.

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Soldados romanos del siglo IV

El alistamiento de extranjeros en el ejército romano se remontaba a la época republicana, pero en el año 357 d.c., la mayoría de los soldados ya eran de origen germánico, ya que la antigua dieta militar de legumbres, aceite y vino fue sustituida por carne, mantequilla y cerveza. Cuando el emperador Julián fue proclamado cesar por sus tropas, le levantaron encima en un escudo: una tradición germánica. Pero esos soldados de origen extranjero se demostraban tan leales, tan patriotas y tan capaces de defender las fronteras como sus predecesores, al menos hasta el año 378 d.c., cuando el ejército imperial sufrió una derrota aplastante a mano de los godos en Adrianapolis.

A partir de siglo IV, la migración de pueblos asiáticos hacia Europa empujó una cadena de grandes desplazamientos del norte al sur, éste al oeste. Tras la derrota en Adrianapolis: el imperio occidental adoptó una nueva estrategia para defender sus fronteras, llegar a acuerdos con tribus bárbaras para que esos últimos sirvieran como “porteros” contra las invasiones del más allá. Dentro de las fronteras, el mantenimiento de orden se delegó a las milicias de los poderosos terratenientes, que se convirtieron en señores de la guerra. Poco a poco, el poder del emperador se quedó reducido a solo en nombre, hasta un día en 476 d.c., los señores de la guerra decidieron que ya no les hacía falta y deshicieron de él, poniendo el fin al imperio romano occidental.

Sin embargo, el imperio oriental se mantuvo intacto y sobrevivió mil años más hasta la caída de Constantinopla en 1453 d.c.. Fue una de las civilizaciones más prósperas durante la edad media.

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La edad de grandes migraciones

Analizando el contexto histórico, la situación de la civilización occidental contemporánea no tiene nada que ver con el imperio romano. Primero, se tratan de sistemas políticos, sociales y económicos totalmente distintos. Si la decadencia de Roma fue provocada por la inestabilidad política, golpes militares y invasiones de bárbaros, la época de la historia europea más semejante a esas situaciones sería la primera mitad de siglo XX, no ahora. Hablando de la influencia política y cultural, creo que no solo no estamos en capa caída, sino en proceso de expansión, porque cada vez más países por todo el mundo están adoptando nuestra forma de vivir, consumir, vestirse y pensar. Valores como el individualismo, el liberalismo, el método científico, la igualdad de géneros y la libertad sexual se están instalándose en muchas partes del mundo donde nunca habían existido. Es cierto que países como China e India tienen un peso político y económico mucho más importante que hace 50 años. Pero un chino e indio de ahora viven y piensan de una forma mucho más parecido a un occidental que hace 50 años.

Si un día llegase el colapso de la civilización occidental, en mi opinión, sería por causas ecológicas como el cambio climático, la extinción masiva, la contaminación y el agotamiento de recursos que provocarán grandes desastres naturales y altercados sociales. Pero en este caso, no será solo la civilización occidental que se colapsa, sino la civilización mundial.

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La islamofobia vs la crítica a Islam

14 Sep

En las elecciones nacionales de Suecia el domingo pasado, el partido ultra Demócratas Suecos sacó casi 20% de los votos, mientras en Alemania del éste se organizaron marchas de neonazis. Durante los últimos años se ha registrado un notable crecimiento de apoyo a los partidos xenófobos en Europa. El nuevo chivo expiatorio suelen ser los refugiados, y sobre todo refugiados de países musulmanes.

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Manifestación fascista en Alemania

Desde 11-S, la situación de la minoría musulmana en países de mayoría no-musulmán se ha convertido en un campo de minas. Mientras la mayoría de europeos, americanos y asiáticos orientales adoptan costumbres cada vez más liberales, individualistas e igualitarias, en muchas culturas musulmanas aún conservan las tradiciones patriarcales con una fuerte separación de sexos. Aprovechando este choque de costumbres, combinado con el auge de terrorismo islámico, los populistas han encontrado un chivo expiatorio ideal: un colectivo con valores opuestos a la tendencia laica, que además intente imponer lo suyo con la violencia. Por otro lado, los defensores de la democracia liberal tienden a proteger a la minorías musulmana a toda costa, descalificando a cualquier crítica a la comunidad musulmana como “Islamofobia”, a tal punto de justificar prácticas totalmente contrarias a los principios de igualdad.

La pregunta es: ¿qué es la diferencia entre hacer crítica a Islam, y la islamofobia?

En mi opinión, la crítica a Islam es una crítica hacia la ideología de Islam, o a la forma de practicar el islam. La islamofobia es el rechazo a cualquier persona de origen musulmán, da igual su forma de practicar la religión. La crítica a Islam se puede hacer tanto desde dentro de la comunidad islámica como desde fuera. Desde Marruecos hasta Indonesia, hay ciudadanos que luchan por la separación de religión con estado, por derechos de las mujeres y por la libertad sexual. Los críticos más feroces al régimen confesional iraní suelen ser iraníes en exilio, muchos de ellos creyentes de Alá pero radicalmente en contra de la imposición de la ley sharia.

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El burqa no es la tradición de ningún pueblo

Para mí, personalmente, hay ciertas costumbres de muchas culturas musulmanas que no estoy de acuerdo, sobre todo respecto a la relación entre hombres y mujeres. Pero dicho esto, no estoy de acuerdo con la separación de sexos bajo ningún pretexto: sea musulmán, cristiano o feminista. Tampoco estoy a favor de permitir el burqa en lugares públicos, no por su implicación religiosa, sino porque oculta la identidad de la persona lo lleva, igual que un tío encapuchado. Siempre mostraré mi rechazo a costumbres y valores que no estoy de acuerdo, pero jamás culparía a todos los musulmanes, porque sé que muchos musulmanes tampoco están de acuerdo con ellos y luchan para cambiarlos.

Los islamofóbos, por otro lado, difunde la propaganda para meter a todos los musulmanes en el mismo estereotipo negativo: machista, segregacionista, violento, terrorista, con las mujeres siempre vestidas bajo velos y burqas, y hostiles hacia las costumbres liberales y laicas. Tienden mezclar a posta conceptos tan distintos como árabe, musulmán, islamista, yihadista, como si todos se trataran de lo mismo, así extendiendo el odio no solo hacia personas que practican el Islam, sino a cualquiera con raíces familiares del Magreb y Oriente Medio, o cualquiera con un nombre como Mohammed, Rachid o Fátima. En Europa esta propaganda de odio ha sacado votos para los partidos ultraderechistas. En Myanmar ha provocado el genocidio de la minoría rohingya. En china, gracias al gobierno confundiendo a posta el independentismo de la minoría uigur con el terrorismo yihadista, la policía ha detenido a un millón de uigures para encarcelarlos  en “campos de reeducación“, sin ningún juicio o sentencia.

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Los uigures son una minoría musulmana en el oeste de China

Con la gran migración de musulmanes de África y Oriente Medio hacia Europa, el proceso de integración no va a ser un camino de rosas, pero desde mi punto de vista, estigmatizar a todos los musulmanes, o en extensión a todos los refugiados o inmigrantes, no solo no va a aportar ninguna solución, sino empeorar aún más la convivencia y provocar brechas más profundas entre comunidades. En Francia, casi todos los yihadistas que cometieron atentados durante los últimos años vinieron de familias laicas con costumbres europeas. Pero al sentirse excluidos de la sociedad después de haber hecho tal esfuerzo de asimilación, terminaron buscando su sentido de identidad en el Islam más radical para vengarse de la sociedad donde se crió pero nunca logró formar parte.

Si los europeos no quisiéramos perder nuestros valores laicos, igualitarios y liberales frente a la migración musulmana, lo más importante, desde mi punto de vista, sería fomentar la comunicación entre distintas comunidades, prevenir la formación de guetos, y demostrar que un musulmán que adopta los valores occidentales será totalmente aceptados en la sociedad como un europeo más, sin sufrir ningún tipo de estigma por su fé, sangre o apellido.

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Refugiados en Suecia

Black Country – de la revolución industrial al cinturón de óxido

18 Jul

Durante los últimos tiempos se han hablado mucho de la masificación turística en los destinos populares. Este verano, sin embargo, hemos ido a visitar una zona poco concurrida por turistas en mi Reino Unido natal: el Black Country, y dedico este artículo para hablar del pasado y presente de esta región en el centro de Inglaterra que jugó un papel clave en la revolución industrial.

El “Black Country” (país negro) se refiere a los condados entre las ciudades de Birmingham y Wolverhampton, en el oeste de las tierras centrales (Midlands) en Inglaterra. Desde el siglo XVI ya era una región donde abundaban minas de hierro y carbón, aunque la mayoría de los pueblos eran de carácter rural, donde los habitantes complementaban el cultivo de cereales con el oficio de herrero, fabricando clavos, espadas y armaduras.

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Durante el siglo XVIII, dos sucesos cambiaron la historia de la región para siempre: la construcción de una red de canales que conectan las tierras centrales con Londres, y el invento de la máquina de vapor que desencadenó la revolución industrial.

El “Black Country”, por su riqueza en minerales como hierro, carbón y caliza, se convirtió en el mayor productor de acero y hierro, especializando en anclajes y cadenas para la industria marítima. El paisaje se transformó de forma radical, de pueblos rurales con huertos, prados, vacas y cisnes a una extensa área de minas, talleres y fábricas con humo saliendo de las chimeneas. Ya no se encontraba campo abierto entre un pueblo y otro, sino todos los condados entre Wolverhampton y Birmingham se unieron unos a otros para convertirse en un gigantesco polígono industrial. El apodo de “Black Country” se ganó en el siglo XIX por el alto nivel de contaminación. El humo negro que salía de las chimeneas tapaba el sol a todas horas. El traqueteo de cadenas y máquinas pesadas ahogaban al canto de aves. Hasta el agua de los canales salían negros, donde no se encontraba ni un pez.

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A pesar de que la industria pesada fue el factor principal que elevó el Reino Unido a la primera potencia mundial durante el siglo XIX, las condiciones de vida de los obreros eran más bien duras. En los talleres de cadenas de siglo XIX trabajaban 56 horas a la semana y solo cobraban si lograban producir la cantidad pedida en el tiempo acordado. No existía baja de maternidad y muchas mujeres trabajaban con el bebé en una cesta colgada del techo del taller. Sus hijos pequeños las ayudaban en las tareas, y los niños mayores de 12 ya tenían edad para picar en las minas o mover ladrillos. Los peores trabajos estaban en las minas, donde miles de trabajadores murieron en caídas, explosiones y accidentes laborales. La alta temperatura, humedad y aire contaminada bajo tierra dañaron los ojos de muchos trabajadores, que perdieron la vista. Se estimaba que la edad media en que murieron los mineros era 37.

Para transportar las minería de las minas a fábricas, se usaban la extensa red de canales, algunos al aire libre, otros en túneles para atravesar los montes. Para conducir las barcas por los túneles, la técnica era “legging” (patear), donde los conductores se tumbaban en un tablón con los pies fuera de la barca, y pisaban en las paredes del túnel para empujar la barca hacia delante. A veces, un pateador podía llevar varias barcas conectadas con cadenas. La leyenda local decía que el pateador más longevo empezó a trabajar en los canales a los 14 años y se jubiló a los 87. ¡Y varias veces él sólo había llevado una flota de 3 barcas cargadas de caliza atravesando 3 kilómetros de túneles en un tiempo de 4 horas!

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Dos conductores practicando “legging”

Pero precisamente por la industrialización y las pésimas condiciones laborales, el Black Country se convirtió en uno de los focos más importantes de actividad sindical. Desde mediados de siglo XIX hasta principios de siglo XX, los trabajadores protagonizaron una serie de huelgas que lograron aumentar los salarios, reducir las jornadas y mejorar las condiciones de trabajo para la salud. La ciudad de Birmingham, por su punto estratégico y diversos sectores industriales, se convirtió en una de la segunda ciudad más grande en Inglaterra y una de las más prósperas.

A partir de la Primera Guerra Mundial, la producción de carbón sufrió un declive en demanda. Las minas empezaron a cerrar, y con ello poco a poco todas las fábricas y talleres de Black Country. Las chimeneas que antaño teñían el cielo de negro ya dejaban de echar humo. Los aguas volvían a ser transparentes y los peces y aves volvieron a los ríos y canales.

El país negro ya dejó de ser negro. Pero el nombre ya está puesto.

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La época contemporáneo y el Black Country Museum

Desde los años 50, el Black Country se ha convertido en parte del “cinturón de óxido”, una antigua región industrial caída en decadencia, y una de las zonas con la tasa más alta de desempleo. A día de hoy, el paisaje consiste en pueblos residenciales intercalados por almacenes y polígonos industriales, ya que algunas industrias fabricando tubería y cadenas aún están en operación. Muchas casas están pegadas a carreteras anchas con estrechas aceras que no invitan a pasear, correr ni montar bici. Los negocios más típicos eran los de comida rápida para llevar. El único entretenimiento está en los pubs. Durante nuestro viaje nos alojamos en un hotel que no es nada turístico. Se usan para celebrar eventos y bodas. Cuando preguntamos los recepcionistas sobre la geografía local, nos contestaron con cara de no tener ni idea. Una nos dijo que de Birmingham ciudad lo único que conocía bien eran los pubs.

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La época de mayor declive industrial de la posguerra coincidió con una gran oleada de migración procedente de países de Commonwealth. Junto a Birmingham, la región sufrió varios disturbios raciales durante los años 60 y 70. A día de hoy, muchos residentes trazan sus antepasados a Jamaica, Pakistan y Bangladesh, y entre la generación joven se ve un gran número de mestizos y mulatos, reflejando varias generaciones de mestizaje entre la población autóctona con la inmigración extranjera, sobre todo la de Caribe.

Las porciones que sirven en los pubs son gigantescas y por la calle se ve mucha gente obesa, sobre todo entre jóvenes y niños. Mirando a nuestro alrededor, éramos siempre los más esbeltos, y no somos exactamente gente de complexión delgada. Sin embargo, la mayoría de los lugareños fueron muy amables y nos trataron muy bien.

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La mayor atracción en la zona es sin duda el Black Country Museum, que fue el propósito principal de nuestro viaje. Se trata de una sección del pueblo de Dudley conservado en el tiempo como un museo folclórico para reproducir la vida en la época de mayor esplendor industrial a principios de siglo XX. Los voluntarios (y muchos visitantes) van vestidos de época y hacen demostraciones de cómo extraían carbón de las minas de bombas de vapor, cómo forjaban herramientas de hierro en los hornos, y de cómo era la vida cotidiana para una típica familia obrera que se dedicaba al carbón, acero o el transporte de minería por los canales.

Termino este artículo con algunas fotos que hemos sacado durante nuestra visita.

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El negocio de la indignación, las turbas de linchamiento y la posjusticia

17 May

En mayo 2011, miles de jóvenes y no tan jóvenes madrileños tomaron la Puerta de Sol para protestar contra la escasez de empleo, la explotación laboral, la corrupción política y la impunidad de los abusos del sector bancario durante la burbuja inmobiliaria. Se autodenominaron “los indignados”, inspirados por el libro “indígnate” del intelectual francés Stephane Hessel. Yo simpatizaba con este movimiento, porque los manifestantes tenían toda la razón para reivindicar su descontento hacia el sistema político y económico que había provocado una de las mayores crisis económicos del último siglo, en que los pobres y los jóvenes salieron más perjudicados.

Pero desde entonces, el sentimiento de indignación se ha extendido, y también banalizado, por las redes sociales. Todos los días, hay miles de personas que se indignan por cualquier noticia, suceso o meme que se publica (sea real o falso) por Facebook, Whatsapp o Twitter, o por cualquier comentario que alguien ha dejado que les resulta ofensivo. Se movilizan compartiendo mensajes de indignación hasta que se vuelven virales, piden cambios a través de Change.org, o dejan insultos en la cuenta Twitter de quién les había ofendido.  Cada vez que entro en mi cuenta de Twitter, mi impresión es que todo el mundo está constantemente cabreado, buscando cualquier excusa para sentirse ofendido.

Muchas veces me he preguntado: ¿siempre ha habido tanta gente tan susceptible  pero no tenía una plataforma donde expresarse, o es que realmente las redes sociales fomentan la indignación con más facilidad?

twitter-siglo-xxiTras leer el análisis de varios expertos y analizar mi propia experiencia, mi conclusión es que sí que tienen un papel, por las siguientes razones.

Primero, en las redes sociales las reacciones son instantáneas. Cuando vemos un titular que nos revuelve las tripas, nuestra primera reacción es contestar, compartirlo o dejar un comentario, como una forma de pegar un grito al cielo. Antes, cuando veíamos una noticia en el telediario o la leíamos en el periódico, aunque nos invadía este sentimiento, no podíamos reaccionar de forma tan espontánea. Y si alguien realmente se molestase a escribir al periódico para dejar su opinión, lo haría varias horas más tarde, cuando los nervios ya estaban lo suficiente calmados para verlo con más perspectiva.

Segundo, la exposición es constante. Antes, leíamos la prensa por la mañana y veíamos el telediario durante la cena, pero el resto de las horas del día estábamos desconectados. Ahora, cada vez que conectamos a Twitter, Facebook y WhatsApp, recibiríamos un bombardeo de artículos de prensa y opiniones de otros. Y cuando ocurre un suceso indignante, se repite todo el día delante de nuestros ojos.

Tercero, como los medios ganan dinero con la cantidad de clicks que reciben sus artículos, los titulares se hacen cada vez más sensacionalistas, aunque muchas veces alejados del contenido. Sin embargo, con tantos titulares de prensa en las redes sociales, muchos usuarios ni siquiera se molestan en leer el artículo. Basta con que ver un titular les enfurece, ya comparten su indignación por toda la red, propagando la rabia.

Las turbas de linchamiento

El efecto de tanta visceralidad por las redes sociales es la facilidad de formar turbas de linchamiento. En la mayoría de los casos, la indignación masiva puede tener un buen motivo, pero una vez formada la turba, se convierte en una masa enfurecida cuyo objetivo no es impartir justicia ni reivindicar un derecho, sino buscar un chivo expiatorio y quemarlo a la hoguera. Las turbas no razonan, no escuchan explicaciones ni aceptan críticas. Y cualquiera que cuestiona su comportamiento es automáticamente tachado como un hereje, o se convierte en un objeto de linchamiento.

Un ejemplo fue lo que pasó con la escritora norteamericana Margaret Atwood respecto a #MeToo. El movimiento surgió como mujeres denunciando por las redes sociales casos de acoso sexual que habían sufrido, sobre todo a manos de hombres poderosos. Atwood inicialmente apoyó este movimiento, hasta que se dio cuenta de que se había convertido en un sistema de justicia paralelo, en que una vez acusado, uno ya es automáticamente juzgado culpable, sin ni siquiera la oportunidad de defenderse. Pero el momento en que pronunció en un discurso público que “las mujeres también son capaces de mentir”, la masa enfurecida se volvió contra ella, tachándola de “justificar violaciones” y de “venderse al heteropatriarcado”.

El negocio de fabricar indignación

No ha tardado mucho para que algunos listos se aprovechan de la indignación masiva para “hacer negocio”. El caso más conocido es la filtración masiva de datos de Facebook a la empresa Cambridge Analytica.

A través de los datos coleccionados de los usuarios, un algoritmo de la empresa los clasifica en varios perfiles psicológicos. Y según el perfil de cada uno, presenta en su muro anuncios o cortes de prensa que provoca su máxima indignación. Según investigaciones, esta empresa colaboró con hackers políticos rusos en la campaña presidencial de 2016 en EEUU para sembrar división y odio con el fin de influenciar la elección a favor de Donald Trump. Si eres patriota estadounidense, te presentaba con titulares falsos de que el país estaba en peligro de dividirse. Si eres conservador cristiano, te salían titulares sobre la pérdida de valores tradicionales. Si eres blanco, te salían titulares sobre crímenes cometidos por negros e inmigrantes. Si eres negro, te salían noticias insinuando que los blancos querían volver a imponer el apartheid…

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La posjusticia

El juicio paralelo por las redes sociales ejercido por tribunos populares ha creado u nuevo fenómeno: la posjusticia. Distinto a los juicios oficiales del estado, no hay fiscales ni abogados, el acusado tampoco tiene ninguna oportunidad de defenderse. El veredicto depende totalmente en el ruido que hacen las turbas.

Un ejemplo ocurrió con el juicio contra la manada, en que una pandilla de 5 chicos violaron a una chica en un portal durante las fiestas de sanfermínes en 2017. Tras varios meses de juicio, los jueces condenaron a los 5 por abusos sexuales. Sin embargo, los medios de comunicación trasmitieron el mensaje equivocado, alegando que la manda había sido absuelta por violación, pero condenada por abuso. Tal noticia enfureció con toda razón a los grupos feministas, que salieron a la calle para protestar, asumiendo que los jueces no habían creído a la víctima, que las leyes españolas amparasen a los violadores y que los jueces habían absuelto los violadores por su propia actitud machista.

La realidad era bien distinta. En el código penal español no existe tal delito como violación, sino 2 tipos de violaciones: abuso sexual o agresión sexual. El primero se trata de penetración sin consentimiento pero sin el uso de amenaza o violencia física. El segundo es con violencia o amenazas. Del principio al final, los jueces nunca han dudado ni una palabra que decía la víctima. Solo que con todas las pruebas recogidas, no han encontrado ninguna señal de violencia física ni amenaza que podía calificar el delito como “agresión”. Pero sí, les han condenado por violación, del tipo “abuso”.

En este caso, no sé si los medios pusieron títulos tan alarmantes para crear indignación a posta, o que los periodistas no conocieran lo suficiente el código penal español, pero con las pancartas de “no es abuso, es violación” repitiéndose tantas veces en Twitter, Facebook y en las manifestaciones callejeras, la mayoría de la gente sigue creyendo que la manada han sido absuelta de violación porque no han creído a la víctima.

La época pos-

La propagación de noticias falsas por las redes sociales ha fomentado la posverdad. El miedo de ofender a ciertos colectivos para convertirse en víctima de linchamiento ha creado la poscensura. Con la posjusticia, las redes sociales han abierto una nueva etapa en que cualquier debate o discusión no se cierra con quién tiene razón, sino con quién se siente ofendido, y lo que menos importa es la verdad que sucedió.

¿Hacia dónde vamos? Nadie lo sabe, pero al menos ahora tanto los gobiernos como las empresa tecnológicas están concienciados de este fenómeno y están tomando medidas para combatir la desinformación. Sin embargo, ellos tampoco están libres de intereses.

La causa feminista más prioritaria, según mi opinión

4 Mar

Durante los últimos años el feminismo se ha vuelto a poner de moda. Sin embargo, el movimiento está tan dividida entre corrientes distintas que a parte de que todas pretenden conseguir la igualdad entre los sexos, la interpretación de la igualdad y las maneras de lograrlo pueden ser totalmente opuestas.

Temas como el acoso sexual, la cosificación de la mujer, la violencia de género, y el uso del lenguaje inclusivo dominan los debates de las redes sociales. Las últimas polémicas acerca de la prohibición de las azafatas de Fórmula 1 y el vestido de Jennifer Lawrence dejan en evidencia que algunas feministas opinan que cualquier vestimenta que sirve para complacer el deseo sexual masculino victimiza la mujer, a pesar de que la mujer lo ha puesto voluntariamente. Otras corrientes intentan conseguir el empoderamiento femenino a través de espacios no-mixtos: colegios femeninos, empresas femeninas, clubes sociales femeninos, servicios comerciales solo para mujeres etc., como si separando los sexos todas las injusticias se resolvieran solas. También hay corrientes que pretenden convertir hombres y mujeres en clones, que piensen, se comporten y se vistan de forma idéntica, negando la existencia de diferencias biológicas y calificando cualquier manifestación de masculinidad o feminidad como actitudes machistas.

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Como se viste cada mujer es una cuestión de preferencia personal. (Foto: Daniel Rodriguez Villa)

Desde mi punto de vista, cualquier movimiento que pretende defender los derechos de un colectivo, lo primero que tiene que hacer es reconocer la diversidad dentro de dicho colectivo, y centrar las reivindicaciones en causas que benefician a todos. Aplicando este criterio, las corrientes de feminismo que dictan a las mujeres cómo deben vestirse, qué hacen con su cuerpo, cómo relacionarse con hombres, cómo hacer el amor, cómo hablar o cómo bailar etc.,  no están luchando para el bien de todas las mujeres, sino imponiendo sus propios criterios en un colectivo diverso.

Según mi criterio, las causas que beneficiarán la vida a todas las mujeres incluyen a:

  1. Convertir el mundo en un lugar más seguro para ellas
  2. Luchar contra la discriminación sexual en el ámbito laboral

Para el primero, el plan de corto plazo es aportar más medios para prevenir agresiones sexuales y denunciar los sucesos; el plan de medio-largo plazo es educar en el respeto y la igualdad.

Para el segundo, antes de proponer medidas, es necesario investigar la verdadera causa detrás de la desigualdad en el mundo laboral.

A día de hoy, hombres y mujeres tienen los mismos derechos en la mayoría de los países democráticos, aunque en la vida real, la mayoría de los puestos de poder, tanto en el mundo empresarial como en la política, siguen siendo ocupados por hombres. Este desequilibrio de poder puede ser la principal causa de muchas formas de injusticias, desde el acoso sexual en el trabajo hasta la desigualdad salarial y la discriminación laboral. ¿Pero por qué tan pocas mujeres acceden a puestos de poder? Según varios estudios, uno de los principales obstáculos es la maternidad.

Tanto en Norteamérica como en Europa, durante los primeros años de la vida laboral, no se observa una notable diferencia entre el salario y promoción profesional entre hombres y mujeres. Pero desde el momento que una mujer tiene un hijo, su nivel de ingreso se estorba y su carrera profesional se estanca, mientras el salario y carrera profesional de un hombre no se ve afectado. 10 años después, la brecha se ha agrandado tanto que la mayoría de los puestos mejor remunerados son ocupados por hombres, o por mujeres sin hijos.

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Hombre profesional y mujer ama de casa

¿Por qué la maternidad es tan perjudicial para la carrera profesional de una mujer, pero no lo es tanto para la de un hombre?

Por un lado, las diferencias biológicas importan. Como la mujer es la que se queda embarazada, da a luz, amamanta y sufre mayores cambios hormonales, es lógico que siente un vínculo mucho más estrecho con el crío. Por otro lado, la cultural empresarial también tiene mucho la culpa. Hasta hace pocas generaciones, era solo el hombre que trabajaba mientras la mujer se quedaba en casa cuidando los hijos. Las empresas había orientado el horario laboral tomando en cuenta que los trabajadores ya tenían alguien en casa para ocuparse de los asuntos domésticos. Cuando la mujer se incorporó en el mercado laboral, las empresas aún mantienen esta misma política. Pero si tanto el marido como la mujer trabajan jornadas completas, ya no habrá quién se dedique al cuidado de los hijos como las madres de antes. Debido al instinto maternal, suele ser la mujer quien coge la excedencia laboral o reducción de jornada, sacrificando su carrera profesional. En resumen, la mujer se ha adaptado al mundo laboral, pero el mundo laboral no ha hecho el mínimo esfuerzo a adaptarse a la incorporación de la mujer.

No es de sorprender que ser una mujer moderna de éxito se ha convertido en una misión imposible. Por un lado tiene que ser una excelente profesional muy dedicada a su trabajo, por otro lado tiene que ser una madre perfecta. Y en una época donde la imagen importa cada vez más, también tiene que cuidarse la figura y vestirse a la moda para conservar la belleza y la feminidad.  Sin embargo, a los hombres, la sociedad les sigue exigiendo con el mismo canon de siempre: trabajar y llevar un sueldo a casa.

Así que, en mi opinión, una de las causas más importantes de la lucha feminista es revolucionar la cultura empresarial para que la maternidad no perjudique la carrera profesional de las mujeres.

¿Cómo se consigue eso? Flexibilizar los horarios, facilitar más medios de trabajar desde casa, y valorar los trabajadores por el resultado en vez de las horas de presencia. Cuando una pareja tiene un hijo, tanto él como ella tiene que coger una baja de paternidad/maternidad obligatoria de 9 meses, y posteriormente, una reducción de jornada obligatoria para ambos durante 5 años.

A día de hoy, la productividad económica tiene cada vez menos relación con las horas de presencia, y los empleados que trabajan más a gusto aportan más a la empresa. Varios estudios han demostrado que a medio-largo plazo, las empresas que respetan más las bajas de maternidad y paternidad rentan más que las que no. Lo mismo pasa con las que tienen más mujeres en puestos de dirección. Así que luchar por la igualdad de género en el ámbito profesional no es ninguna caridad, sino aprovechar de una gran fuente de talento que nuestra cultura empresarial ha ignorado.

Fuentes:

Paid parental leave is actually great for business

https://politica.elpais.com/politica/2018/03/02/actualidad/1520006491_549539.html

https://www.vox.com/2017/9/8/16268362/gender-wage-gap-explained

https://www.cnbc.com/2018/03/02/why-companies-with-female-managers-make-more-money.html

https://work.qz.com/1206224/what-women-give-up-in-salary-and-promotions-when-they-have-a-baby/

 

La paradoja de la nueva izquierda y las políticas identitarias

26 Ene

Las políticas de izquierda surgieron en el siglo XIX, a raíz de la industrialización y la emergencia de la clase obrera. Durante esa época, las reivindicaciones eran sobre todo económicas, para conseguir mejores condiciones laborales y mayor redistribución de riqueza a través de movilizaciones colectivas. Aunque las organizaciones de izquierda ya se dividían entre distintas corrientes, las principales, como el socialismo, comunismo y anarquismo, reivindicaban la solidaridad internacional, en que obreros de distintas nacionalidades deberían unirse en la lucha de clases.

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Internacionalismo soviético

Nacionalismo vs socialismo a principios de siglo XX

Durante finales de siglo XIX y principios de XX, los sentimientos nacionalistas se extendieron por toda Europa. En imperios multiétnicos como el austro-húngaro, ruso y otomano, cada grupo étnico luchaba por su derecho de autogobierno, reivindicando la solidaridad entre personas que compartían el mismo idioma, religión y origen racial, excluyendo a los diferentes. En ciudades cosmopolitas como Viena, Budapest, Odessa y Constantinopla, el efecto de los nacionalismos era especialmente venenoso, ya que las distintas identidades culturales luchaban cada una por los suyos, tachando a los otros como rivales o enemigos, así creando enfrentamientos entre amigos y vecinos de toda la vida.

Los partidos de izquierda, sin embargo, opusieron ferozmente a todos los nacionalismos. Contrariando el típico discurso de que “los otros nos quitan el trabajo”, los sindicatos reivindicaron que obreros de todas las culturas, colores y lenguas tenían mucho más necesidades en común que las diferencias en idiosincracia. Gracias a este efecto integrador, ciudades industriales como Londres, Glasgow, París, Barcelona y Marsella eran capaces de absorber millones de trabajadores de un crisol de culturas y nacionalidades sin sufrir grandes brotes de xenofobia o conflictos interétnicos.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, casi todos los nacionalismos eran de derechas. Tanto para los marxistas como para los sociodemócratas, identidades como la nacionalidad, la lengua, la religión o la raza no eran nada más que divisiones artificiales que la burguesía había inventado para mantener la clase trabajadora dividida.

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La “épica eslava” de Alfons Mucha representa el nacionalismo eslavo

La izquierda cultural posterior de los 60

Sin embargo, durante los años 60 surgió un cambio de rumbo debido a 3 factores.

Primero, en los países occidentales, tras el establecimiento del estado de bienestar después de la Segunda Guerra Mundial, la vida de los obreros se volvió cada vez más acomodada, pero la distribución de riqueza solía llegar solamente a manos de hombres blancos, heterosexuales que no pertenecía a una minoría étnica. Segundo, la generación criada en la posguerra empezó a cuestionar los valores tradicionales como la familia, la patria, la moralidad sexual y los papeles de género, revolucionando la sociedad con la música rock y el amor libre. Tercero, muchas colonias de los imperios europeos en Asia y África lucharon por la independencia, visibilizando las injusticias que habían sufrido durante generaciones a manos del hombre blanco.

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Mayo 68, París

De ahí surgió una nueva izquierda, más cultural que económica, cuya agenda ya no se centraba en la lucha de clases, sino en la emancipación de la mujer, la libertad sexual, la decriminalización de las drogas, la independencia de los pueblos colonizados, la autodeterminación de las minorías culturales, y la erradicación de prejuicios como el racismo, el machismo y la homofobia. Los nacionalismos ya dejaban de ser mal vistos, por lo tanto que reivindicasen la identidad de los colectivos reprimidos. Los protagonistas de esta nueva izquierda ya dejaba de ser los obreros de la fábrica, sino estudiantes y profesores de la universidad.

Los valores de la vieja y nueva izquierda diferían tanto que según relata la autora francesa Virginie Despentes, a pesar de que sus padres y abuelos eran anarquistas y comunistas de toda la vida, se escandalizaron cuando ella se hizo punki.

En la mayoría de los países europeos, los partidos socialistas trataron de integrar a tanto la vieja como la nueva izquierda, pero en EEUU, donde nunca hubo un movimiento socialista muy destacado, el Partido Demócrata abandonó en total la lucha de clases, sustituyéndola con la lucha de las identidades reprimidas.

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Argelinos durante la guerra de independencia

La izquierda cultural y las políticas de identidad en EEUU

Al llegar al siglo XXI, la izquierda cultural en EEUU se radicalizó.

Los activistas en el ámbito universitario dividen el mundo entre dos grupos: los privilegiados y los reprimidos. Los primeros consisten de gente de raza blanca, varones y heterosexuales. Los segundos consisten de gente no-blanca, mujeres, y minorías sexuales. Todas las movilizaciones se organizan alrededor del concepto de identidad: a favor de las mujeres, de los afroamericanos, de la gente no-blanca, de los gays, de los pueblos indígenas, de los dreamers o de los sin-papeles.

Como la constitución estadounidense prohibe hacer leyes que discriminan a ciudadanos por raza y género, los militantes de izquierda tratan de hacer propaganda para crear concienciación de la discriminación cotidiana que sufre miembros de las “identidades reprimidas” y señalar a los culpables para avergonzarlos en público. En el ámbito cultural, tratan de censurar o condenar cualquier película, serie, canción, libro o discurso que puede ofender la sensibilidad de dichos colectivos. En medios progresistas como HuffPost y AJ++, una de las frases más repetidas es white privilege, en referencia a la ventaja social que disfrutan los blancos a la hora de conseguir empleo, alquilar vivienda o recibir un trato más justo por la policía.

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Estudiantes norteamericanos

Paradójicamente, contrario a pioneros de derechos civiles como Martin Luther King que luchaba por la integración racial, la nueva izquierda estadounidense favorece la creación de “espacios seguros” para mujeres y minorías étnicas o sexuales en universidades y empresas, donde miembros de aquellos grupos puedan sentirse seguros sin ser molestados. Ya se están poniendo de moda servicios, negocios, empresas o centros de coworking solo para mujeres, y en los casos más extremos, para mujeres de color. El intercambio cultural también se ha convertido en pecado, ya que cuando una persona blanca adopta un vestimenta, estilo de música o gastronomía de origen no-europeo, le acusan de “apropiación cultural“.

Mientras tanto, ¿qué pasa con la lucha de clases? Los blancos pobres, a pesar de todas las dificultades socioeconómicas que sufren, sienten totalmente ignorados por las políticas identitarias de la nueva izquierda. Me puedo imaginar la rabia que siente un minero desempleado de Pensilvania, padre divorciado con 3 hijos, al escuchar una feminista de una universidad de Ivy League decir qué él es parte de la clase privilegiada por ser blanco, varón y heterosexual.

¿Qué haría en respuesta? votar a un demagogo como Donald Trump.

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No todos los blancos son privilegiados

Mi opinión personal

Aunque estoy de contra de cualquier forma de represión, injusticia y discriminación por motivo de género, etnia y sexualidad, en mi opinión, hacer políticas de identidad es totalmente contraproducente para la justicia social. Porque cuando un grupo se cierra para defender su identidad recriminando a otros, provocaría la misma reacción en el bando contrario.

En Viena a principios de siglo XX, la comunidad alemana era el primero en reivindicarse como los auténticos vieneses. En respuesta, la comunidad checa también hizo lo mismo, seguida por la húngara y la italiana, hasta que la convivencia en la ciudad se fracturó en una guerra de identidades enfrentadas, que al final, abrió las puertas a la dominación nazi. En EEUU pasa algo parecido. Las políticas identitarias a favor de las minorías étnicas han provocado el sentimiento identitario de los blancos, encabezado por el Alt Right. En España, el independentismo militante de los catalanes durante el proces en 2017 también ha despertado el nacionalismo español más rancio, que hace pocos años estaba totalmente estigmatizado.

Por un lado, estoy totalmente a favor de mantener escuelas e instituciones culturales que protegen la lengua e idiosincracia de las minorías culturales, tanto como declarar su lengua como co-oficial en la región donde forman la mayoría. Pero otra cosa totalmente diferente es crear divisiones políticas explotando esta diferencia, señalando una identidad cultural como el eterno verdugo y otra como la eterna víctima.

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En mi ámbito personal, siempre he tenido amigos de diversos orígenes, clases sociales, nacionalidades y de ambos sexos. Nunca se me había planteado quién perteneciera a un grupo privilegiado y quién perteneciera a un grupo reprimido, porque todos compartimos la misma humanidad. Y si los medios se dedican a bombardearnos con propaganda día y noche para dividirnos por esas categorías, el trato cotidiano resultaría incómodo. A veces he pensado, con tantas amigas muy cercanas que he tenido durante toda la vida, ¿cuántas realmente me han percibido como miembro de una casta represora por ser hombre y heterosexual?

Es evidente que en EEUU la nueva izquierda ya ha perdido totalmente el apoyo de la clase obrera. Los blancos sienten ignorados. Para los negros de barrios deprimidos, la agenda cultural es demasiado alejado de los asuntos de su vida cotidiana para sentirse representados. Los activistas más militantes suelen tener un alto nivel de estudios, que irónicamente, proceden en su mayoría de familias blancas y adineradas.

Si algún día la izquierda quisiera volver a ser el partido de las masas, tendría que dejar la lucha de identidades para enfocarse en asuntos más prácticos que afectan la vida de todos los ciudadanos, como mejorar la educación y sanidad pública, luchar contra la precariedad laboral, crear barrios con mejor infraestructura y proteger el medio ambiente.

Cómo ser un tipo duro, según mi criterio

17 Ene

Durante los últimos años, en las sociedades occidentales se ha premiado cada vez más la fragilidad, la delicadeza y la susceptibilidad extrema. En las universidades norteamericanas, muchas movilizaciones se han hecho para reivindicar el derecho de no sentirse ofendido, así censurando cualquier opinión o expresión artística que puede ofender los sentimientos de otros.

A día de hoy, cuando uno dice que adora a “tipos duros”, es casi sinónimo a ser retrógrado, machista y la falta de sensibilidad. Sin embargo, tengo que reconocer que durante toda la vida, he admirado a hombres y mujeres fuertes y luchadores, todo lo opuesto a los “copos de nieve” que se han puesto de moda ahora. Pero según mi criterio, ser un tipo duro no tiene nada que ver con pelear, chulear y ser un malote, sino con tener resiliencia, la capacidad de superación, y poca susceptibilidad.

En este artículo me gustaría hablar de las cualidades de “tipos duros” que más admiro, aunque tengo que reconocer que muchas no las tengo, o la situación no me ha puesto a prueba.

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La dureza física

La dureza física, en mi opinión, significa tener la capacidad de realizar trabajos físicamente extenuantes, de practicar deportes con un gran desgaste físico, y de adaptarse a condiciones climáticas extremas o condiciones de vida rudas.

Con los avances tecnológicos, cada vez estamos más adaptados a la vida acomodada y menos gente posee la dureza física de nuestros antepasados. Pero por esta misma razón, admiro a la gente capaz de pasar horas cortando leña con una hacha, de cavar una fosa con un palo, de correr un maratón de montaña, de aguantar 12 asaltos en un combate de boxeo, de nadar en un río helado, o de andar durante horas y días bajo la nieve o lluvia con la temperatura bajo cero.

Cuando veo reportajes o documentales de pueblos que llevan la vida tradicional, como pastores mongoles, cazadores bosquimanos o cargadores manuales en los puertos de países subdesarrollados, veo una fuerza, resistencia y disciplina física que los ciudadanos del Primer Mundo ya hemos perdido.

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Pastores kazajos

El optimismo y la resiliencia mental

Otro rasgo de dureza está en la capacidad afrontar a situaciones adversas y no salir hundido ni amargado. Con adversidades me refiero a cualquier situación difícil desde pasar un largo periodo de desempleo, aguantar un jefe tirano y compañeros trepas, hasta sufrir abusos sexuales, persecución política, discriminación racial o sobrevivir guerras y hambrunas.

Una persona dura, en vez de quejarse de la mala suerte o lo injusto que le trate la sociedad, se concentraría en buscar la solución para salir de la adversidad. Y si la solución no está en sus manos, aprendería a sobrellevar la situación lo mejor que pueda, para que le perjudique lo menos posible. Si sufriera una injusticia, no tardaría en denunciarla en voz alta, pero una vez hecha, se deshace del papel de la víctima cuando antes. Nunca echa la culpa de su fracaso a personas ajenas, a la sociedad o a las desgracias del pasado, porque confía que ella misma es la dueña de su propio destino.

Y en mi opinión, las personas más duras del todo, son las que una vez superada las adversidades, tratan de ayudar a otros que pasan por las mismas dificultades, o luchan para que otros no sufran la misma injusticia.

Veo esta dureza en los veteranos de guerra que han podido volver a adaptarse a la vida civil sin guardar odio o rencor a las nacionalidades contra que luchaban, o supervivientes de abusos sexuales que tras superar la trauma, aún son capaces de amar y confiar en otras personas.

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Muchas milicianas kurdas habían sufrido abusos sexuales bajo el Estado Islámico

La poca susceptibilidad

A los tipos y tipas duras no les suelen afectar los comentarios de los demás. Y si algo les ha sentado mal, aprenden a pasar página. Si tienen una opinión, saben defenderla con hechos y argumentos, y nunca se sienten agredidos cuando otros cuestionan sus creencias. Ya aceptan que en el mundo conviven todas clases de opiniones, ideas y valores y aunque algunos les pueden resultar repugnantes, nunca manifiestan a favor de la censura, porque saben que todo el mundo tiene el mismo derecho de expresar sus opiniones.

No se escandalizan con escenas macabras, chistes de mal gusto, palabras agresivas o comportamientos burros. Las desgracias que se cuentan en los telediarios tampoco les generan miedo ni les causan alarma, porque saben que si se convierten en noticias, siempre se tratan de excepciones, en vez de la norma.

Lealtad a sus principios

Una persona dura se mantiene fiel a sus principios. Aunque puede cambiar de opinión sobre determinados asuntos al adquirir nuevos conocimientos y vivencias, nunca pierde los valores fundamentales. Por ejemplo, para alguien que defiende la libertad de expresión, defendería tanto la libertad propia como la de sus adversarios políticos. Sobre determinados asuntos como las noticias falsas, la pseudociencia o los discursos de odio, puede revisar algunos matices, pero nunca se mostraría a favor de régimenes totalitarios que encarcelan, censuran o acosan a voces disidentes.

Se mantiene siempre fiel a lo que considera correcto aunque no está de moda. Un ejemplo era el escritor Albert Camus. Aunque toda su vida había luchado por los derechos de los obreros, los colectivos desfavorecidos y los pueblos colonizados, era un feroz opositor al comunismo soviético por su carácter autoritario. Y durante la guerra de Argelia, era el único que propuso una solución federal concediendo la ciudadanía francesa a los musulmanes argelinos, en vez de la independencia total de la colonia. Ambas posturas iban en contra de la corriente dominante de la izquierda francesa y por eso los intelectuales franceses le marginaron. Pero a pesar de eso, él se mantuvo fiel a sus convicciones hasta la muerte.

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Albert Camus

La valentía de explorar lo desconocido

La última cualidad de un tipo duro es la valentía de salir de su zona de comfort, explorando mundos desconocidos sin miedo.

Si a un tipo duro le llama la atención visitar un país, hacer un viaje, cambiar de profesión, practicar un nuevo deporte o mudarse a vivir a otra ciudad durante una temporada, se echa por delante, y nunca aborta su plan porque otra gente le advierte sobre los peligros, porque sabe que tomar riesgos forma parte de la vida. Si alguna de esas aventuras no le ha salido bien, no se arrepiente de la decisión porque sabe que equivocarse forma parte de la vida.

Cuando visita a un país exótico, se mete de lleno en la cultura local, adaptando a las costumbres sin quejarse de que las cosas no son tan cómodas o familiares como en casa. Toma las precauciones necesarias al explorar lugares remotos, pero nunca anda con miedo.