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El puritanismo sexual y sus distintas manifestaciones

25 Nov

El puritanismo era originalmente un movimiento religioso surgido durante el siglo XVII en Inglaterra, con el fin de “purificar” la iglesia anglicana de las prácticas católicas que había heredado. Inspirado en el calvinismo, los puritanos creían en el trabajo físico como la única manera digna de crear riqueza, la vida austera y la abstención de todos los vicios que corrompían el cuerpo y alma. Después de un breve periodo en poder después de la guerra civil inglesa (1642-1646), la mayoría de los puritanos fueron apartados de la iglesia anglicana después de la Restauración en 1660, aunque continuaron ejerciendo influencia entre la plebe hasta bien entrado en el siglo XIX. La filosofía puritana jugó un papel fundamental en el invento del capitalismo y la idiosincracia de los pioneros estadounidenses.

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Puritanos en EEUU

A partir del siglo XX, la palabra “puritano” llegó a convertirse en adjetivo, refiriéndose al exceso de moralidad sexual, como la censura al desnudo, el repudio hacia el deseo carnal y la abstención sexual hasta el matrimonio. En España, el puritanismo está comúnmente asociado a la iglesia católica, que durante siglos había ejercido un control rígido sobre la moralidad privada de los ciudadanos. Desde el punto de vista histórica, es algo irónico considerando que los puritanos originales eran radicalmente anti-católicos.

A día de hoy, la sociedad occidental está cada vez más liberal y tolerante acerca de la moralidad sexual, aunque en el siglo XXI siguen habiendo colectivos que intentan criminalizar el coqueteo, condenar las prácticas sexuales no convencionales, legislar las actividades sexuales consentidas, separar los sexos o censurar el arte o literatura, y los proponentes no solo proceden de los grupos religiosos (sea católico, protestante o musulmán), sino de cualquier ideología o movimiento que lleva su doctrina al extremo. En este artículo voy a hablar de las distintas manifestaciones de puritanismo en la sociedad contemporánea.

El puritanismo conservador

Al menos en España y Europa, la mayor fuerza que defiende una moralidad sexual más rígida sigue siendo los conservadores, que incluyen a algunas ramas de la iglesia católica como Opus Dei, la iglesia evangelista, musulmanes practicantes y defensores de valores tradicionales. Muchos aún creen que el único propósito del sexo es procrearse, que el deseo carnal es pecado, y para no despertar este vicio humano, las mujeres deben taparse o los sexos deben mantenerse separados. Por supuesto, también van en contra de la homosexualidad, el aborto o la educación sexual en los colegios.

Con el cambio de valores entre las nuevas generaciones, los conservadores son cada vez menos en cuestión de números, pero muchos ocupan puestos claves en la política y el mundo empresarial, y proponen leyes para defender su ideología bajo el disfraz de otras justificaciones. El típico ejemplo es recurrir al rendimiento escolar para justificar la separación de sexos en la educación, o a la libertad de elección para no dar educación sexual.

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Los fundadores de Opus Dei

El puritanismo marxista

En principio, el comunismo, como todas fuerzas de izquierda, iba en contra de la moralidad sexual de la burguesía, pero después de la revolución bolchevique en 1917, hubo un periodo de liberación sexual, durante que los rusos se volvieron tan promiscuos que nacieron muchos niños sin padre y se multiplicaron las denuncias por agresión sexual. Así que el partido comunista decidió imponer una nueva moralidad sexual, basada en la ideología igualitaria que hombres y mujeres sean camaradas de la revolución, que deben tratarse con amor fraternal de hermanos. El sexo solo se deben practicar con fines reproductivos para criar una nueva generación de trabajadores. Cualquier coqueteo o intento de marcar diferencias sexuales, como maquillarse, pintarse los labios, poner faldas cortas o ajustarse los pantalones, es repudiado como una práctica burgués y contrarrevolucionario.

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Alexandra Kollontai, la madre de la breve revolución sexual en Rusia

Esta moralidad, que se inventó en la época estalinista, fue copiada a mayor o menor grado por todos los régimenes comunistas, como la China de Mao, el Cuba de Castro y la Cambodia de Pol Pot, donde hombres y mujeres fueron obligados a vestirse con el mismo uniforme de trabajador marcando mínimas diferencias. Por supuesto, la homosexualidad no solo fue repudiada, sino criminalizada.

El libro 1984 de George Orwell hace un buen resumen de este puritanismo de corte comunista.

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En la China comunista, hombres y mujeres se vestían igual

El puritanismo feminista

Como el puritanismo conservador tiende a reprimir la sexualidad femenina, muchas feministas, como Victoria WoodhullEmma Goldman, lucharon a favor de levantar los tabúes sexuales y por la libertad de las mujeres a vivir su sexualidad en pleno, reivindicando hasta el amor libre. Sin embargo, a partir de los años 70, surgieron corrientes de feminismo que retratan a la sexualidad masculina como violenta por naturaleza y una amenaza para las mujeres, y que bajo la sociedad patriarcal, muchas mujeres hayan sido “lavado de cerebro” desde pequeña para desear complacer la sexualidad del hombre. Esas feministas, como las estadounidenses Andrea Dworkin, Susan Griffin o la española Ana de Miguel, tienden a oponer radicalmente la pornografía, la prostitución autónoma,  el BDSM consentido, o cualquier representación erótica del cuerpo femenino, incluso cuando lo ejercen de forma voluntaria. Algunas más radicales llegan a insinuar que maquillarse, depilarse, ponerse ropa sexy o cualquier gesto de coqueteo sean sinónimos a la sumisión al patriarcado, y que la separación de sexos sea la medida ideal para proteger las mujeres de la violencia sexual.

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El bondage consentido. ¿Empoderamiento o sumisión?

A día de hoy, aún se libran una batalla entre feministas liberales, que defienden la libertad de las mujeres de vivir su sexualidad del modo que quiera por lo tanto que sale de su propia voluntad, y feministas radicales, que tratan de definir un canon correcto de comportamiento sexual para ser buena feminista.

El puritanismo “género neutral”

En total, el colectivo LGBTIQ es el menos puritano de todo, porque casi todas las corrientes de puritanismo les persiguen. Sin embargo, durante los últimos años, cuando se ha abierto un debate público en países anglosajones sobre la identidad de género y el sexo biológico, una cierta corriente de puritanismo ha surgido entre algunos activistas más agresivos.

Como todas las sociedades humanas clasifican los individuos por el género binario de hombre/mujer, las personas no-binarias a menudo tienen dificultades de integrarse. Por eso, algunos activistas trans proponen crear una sociedad “género-neutral“, alegando que categorías como “hombre”, “mujer”, “heterosexual”, “homosexual” sean construcciones abstractas que carezcan de significado real, y la “feminidad” y “masculinidad” sean conceptos arcaicos que deben ser eliminados. Puede sonar utópico, pero para realmente llevase a cabo la construcción de una sociedad así, la única manera sería a través de la imposición de un nueva forma de puritanismo.

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Al fin y al cabo, los humanos somos seres sexuales. La mayoría de los individuos se sienten atraídos solamente (o predominante) a uno de los sexos, por las características de ese sexo. La masculinidad y feminidad no son nada más que maneras de marcar las características de un sexo u otro, a través del peinado, vestimenta, comportamientos o actitudes. Una cosa es construir una sociedad donde el género no sea motivo de sufrir violencia o discriminación, o una sociedad inclusiva a géneros no-binarios, otra cosa es construir una sociedad donde el género se elimina de la expresión individual, porque eso implica convertir los humanos en seres asexuados, que va totalmente en contra de nuestra naturaleza biológica.

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El puritanismo políticamente correcto

Englobando a todo, está el puritanismo políticamente correcto.

Desde que todos estamos en redes sociales, cualquier comentario, opinión, imagen o video puede ofender las sensibilidades de algún colectivo. Para evitar linchamientos, muchos autores, artistas, creadores de contenido autocensura sus obras para no incluir contenido que puede ser tomados como ofensa. Como consecuencia, muchos libros, revistas, canciones y obras de arte que dejaron de escandalizar en los años 90 ahora han vuelto ha levantar polémicas.

Como bien dicho la dibujante de comic María Llovet en una entrevista: “Hay mojigatería por todos lados disfrazados de progresismo”.

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El negocio de la indignación, las turbas de linchamiento y la posjusticia

17 May

En mayo 2011, miles de jóvenes y no tan jóvenes madrileños tomaron la Puerta de Sol para protestar contra la escasez de empleo, la explotación laboral, la corrupción política y la impunidad de los abusos del sector bancario durante la burbuja inmobiliaria. Se autodenominaron “los indignados”, inspirados por el libro “indígnate” del intelectual francés Stephane Hessel. Yo simpatizaba con este movimiento, porque los manifestantes tenían toda la razón para reivindicar su descontento hacia el sistema político y económico que había provocado una de las mayores crisis económicos del último siglo, en que los pobres y los jóvenes salieron más perjudicados.

Pero desde entonces, el sentimiento de indignación se ha extendido, y también banalizado, por las redes sociales. Todos los días, hay miles de personas que se indignan por cualquier noticia, suceso o meme que se publica (sea real o falso) por Facebook, Whatsapp o Twitter, o por cualquier comentario que alguien ha dejado que les resulta ofensivo. Se movilizan compartiendo mensajes de indignación hasta que se vuelven virales, piden cambios a través de Change.org, o dejan insultos en la cuenta Twitter de quién les había ofendido.  Cada vez que entro en mi cuenta de Twitter, mi impresión es que todo el mundo está constantemente cabreado, buscando cualquier excusa para sentirse ofendido.

Muchas veces me he preguntado: ¿siempre ha habido tanta gente tan susceptible  pero no tenía una plataforma donde expresarse, o es que realmente las redes sociales fomentan la indignación con más facilidad?

twitter-siglo-xxiTras leer el análisis de varios expertos y analizar mi propia experiencia, mi conclusión es que sí que tienen un papel, por las siguientes razones.

Primero, en las redes sociales las reacciones son instantáneas. Cuando vemos un titular que nos revuelve las tripas, nuestra primera reacción es contestar, compartirlo o dejar un comentario, como una forma de pegar un grito al cielo. Antes, cuando veíamos una noticia en el telediario o la leíamos en el periódico, aunque nos invadía este sentimiento, no podíamos reaccionar de forma tan espontánea. Y si alguien realmente se molestase a escribir al periódico para dejar su opinión, lo haría varias horas más tarde, cuando los nervios ya estaban lo suficiente calmados para verlo con más perspectiva.

Segundo, la exposición es constante. Antes, leíamos la prensa por la mañana y veíamos el telediario durante la cena, pero el resto de las horas del día estábamos desconectados. Ahora, cada vez que conectamos a Twitter, Facebook y WhatsApp, recibiríamos un bombardeo de artículos de prensa y opiniones de otros. Y cuando ocurre un suceso indignante, se repite todo el día delante de nuestros ojos.

Tercero, como los medios ganan dinero con la cantidad de clicks que reciben sus artículos, los titulares se hacen cada vez más sensacionalistas, aunque muchas veces alejados del contenido. Sin embargo, con tantos titulares de prensa en las redes sociales, muchos usuarios ni siquiera se molestan en leer el artículo. Basta con que ver un titular les enfurece, ya comparten su indignación por toda la red, propagando la rabia.

Las turbas de linchamiento

El efecto de tanta visceralidad por las redes sociales es la facilidad de formar turbas de linchamiento. En la mayoría de los casos, la indignación masiva puede tener un buen motivo, pero una vez formada la turba, se convierte en una masa enfurecida cuyo objetivo no es impartir justicia ni reivindicar un derecho, sino buscar un chivo expiatorio y quemarlo a la hoguera. Las turbas no razonan, no escuchan explicaciones ni aceptan críticas. Y cualquiera que cuestiona su comportamiento es automáticamente tachado como un hereje, o se convierte en un objeto de linchamiento.

Un ejemplo fue lo que pasó con la escritora norteamericana Margaret Atwood respecto a #MeToo. El movimiento surgió como mujeres denunciando por las redes sociales casos de acoso sexual que habían sufrido, sobre todo a manos de hombres poderosos. Atwood inicialmente apoyó este movimiento, hasta que se dio cuenta de que se había convertido en un sistema de justicia paralelo, en que una vez acusado, uno ya es automáticamente juzgado culpable, sin ni siquiera la oportunidad de defenderse. Pero el momento en que pronunció en un discurso público que “las mujeres también son capaces de mentir”, la masa enfurecida se volvió contra ella, tachándola de “justificar violaciones” y de “venderse al heteropatriarcado”.

El negocio de fabricar indignación

No ha tardado mucho para que algunos listos se aprovechan de la indignación masiva para “hacer negocio”. El caso más conocido es la filtración masiva de datos de Facebook a la empresa Cambridge Analytica.

A través de los datos coleccionados de los usuarios, un algoritmo de la empresa los clasifica en varios perfiles psicológicos. Y según el perfil de cada uno, presenta en su muro anuncios o cortes de prensa que provoca su máxima indignación. Según investigaciones, esta empresa colaboró con hackers políticos rusos en la campaña presidencial de 2016 en EEUU para sembrar división y odio con el fin de influenciar la elección a favor de Donald Trump. Si eres patriota estadounidense, te presentaba con titulares falsos de que el país estaba en peligro de dividirse. Si eres conservador cristiano, te salían titulares sobre la pérdida de valores tradicionales. Si eres blanco, te salían titulares sobre crímenes cometidos por negros e inmigrantes. Si eres negro, te salían noticias insinuando que los blancos querían volver a imponer el apartheid…

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La posjusticia

El juicio paralelo por las redes sociales ejercido por tribunos populares ha creado u nuevo fenómeno: la posjusticia. Distinto a los juicios oficiales del estado, no hay fiscales ni abogados, el acusado tampoco tiene ninguna oportunidad de defenderse. El veredicto depende totalmente en el ruido que hacen las turbas.

Un ejemplo ocurrió con el juicio contra la manada, en que una pandilla de 5 chicos violaron a una chica en un portal durante las fiestas de sanfermínes en 2017. Tras varios meses de juicio, los jueces condenaron a los 5 por abusos sexuales. Sin embargo, los medios de comunicación trasmitieron el mensaje equivocado, alegando que la manda había sido absuelta por violación, pero condenada por abuso. Tal noticia enfureció con toda razón a los grupos feministas, que salieron a la calle para protestar, asumiendo que los jueces no habían creído a la víctima, que las leyes españolas amparasen a los violadores y que los jueces habían absuelto los violadores por su propia actitud machista.

La realidad era bien distinta. En el código penal español no existe tal delito como violación, sino 2 tipos de violaciones: abuso sexual o agresión sexual. El primero se trata de penetración sin consentimiento pero sin el uso de amenaza o violencia física. El segundo es con violencia o amenazas. Del principio al final, los jueces nunca han dudado ni una palabra que decía la víctima. Solo que con todas las pruebas recogidas, no han encontrado ninguna señal de violencia física ni amenaza que podía calificar el delito como “agresión”. Pero sí, les han condenado por violación, del tipo “abuso”.

En este caso, no sé si los medios pusieron títulos tan alarmantes para crear indignación a posta, o que los periodistas no conocieran lo suficiente el código penal español, pero con las pancartas de “no es abuso, es violación” repitiéndose tantas veces en Twitter, Facebook y en las manifestaciones callejeras, la mayoría de la gente sigue creyendo que la manada han sido absuelta de violación porque no han creído a la víctima.

La época pos-

La propagación de noticias falsas por las redes sociales ha fomentado la posverdad. El miedo de ofender a ciertos colectivos para convertirse en víctima de linchamiento ha creado la poscensura. Con la posjusticia, las redes sociales han abierto una nueva etapa en que cualquier debate o discusión no se cierra con quién tiene razón, sino con quién se siente ofendido, y lo que menos importa es la verdad que sucedió.

¿Hacia dónde vamos? Nadie lo sabe, pero al menos ahora tanto los gobiernos como las empresa tecnológicas están concienciados de este fenómeno y están tomando medidas para combatir la desinformación. Sin embargo, ellos tampoco están libres de intereses.

La paradoja de la nueva izquierda y las políticas identitarias

26 Ene

Las políticas de izquierda surgieron en el siglo XIX, a raíz de la industrialización y la emergencia de la clase obrera. Durante esa época, las reivindicaciones eran sobre todo económicas, para conseguir mejores condiciones laborales y mayor redistribución de riqueza a través de movilizaciones colectivas. Aunque las organizaciones de izquierda ya se dividían entre distintas corrientes, las principales, como el socialismo, comunismo y anarquismo, reivindicaban la solidaridad internacional, en que obreros de distintas nacionalidades deberían unirse en la lucha de clases.

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Internacionalismo soviético

Nacionalismo vs socialismo a principios de siglo XX

Durante finales de siglo XIX y principios de XX, los sentimientos nacionalistas se extendieron por toda Europa. En imperios multiétnicos como el austro-húngaro, ruso y otomano, cada grupo étnico luchaba por su derecho de autogobierno, reivindicando la solidaridad entre personas que compartían el mismo idioma, religión y origen racial, excluyendo a los diferentes. En ciudades cosmopolitas como Viena, Budapest, Odessa y Constantinopla, el efecto de los nacionalismos era especialmente venenoso, ya que las distintas identidades culturales luchaban cada una por los suyos, tachando a los otros como rivales o enemigos, así creando enfrentamientos entre amigos y vecinos de toda la vida.

Los partidos de izquierda, sin embargo, opusieron ferozmente a todos los nacionalismos. Contrariando el típico discurso de que “los otros nos quitan el trabajo”, los sindicatos reivindicaron que obreros de todas las culturas, colores y lenguas tenían mucho más necesidades en común que las diferencias en idiosincracia. Gracias a este efecto integrador, ciudades industriales como Londres, Glasgow, París, Barcelona y Marsella eran capaces de absorber millones de trabajadores de un crisol de culturas y nacionalidades sin sufrir grandes brotes de xenofobia o conflictos interétnicos.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, casi todos los nacionalismos eran de derechas. Tanto para los marxistas como para los sociodemócratas, identidades como la nacionalidad, la lengua, la religión o la raza no eran nada más que divisiones artificiales que la burguesía había inventado para mantener la clase trabajadora dividida.

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La “épica eslava” de Alfons Mucha representa el nacionalismo eslavo

La izquierda cultural posterior de los 60

Sin embargo, durante los años 60 surgió un cambio de rumbo debido a 3 factores.

Primero, en los países occidentales, tras el establecimiento del estado de bienestar después de la Segunda Guerra Mundial, la vida de los obreros se volvió cada vez más acomodada, pero la distribución de riqueza solía llegar solamente a manos de hombres blancos, heterosexuales que no pertenecía a una minoría étnica. Segundo, la generación criada en la posguerra empezó a cuestionar los valores tradicionales como la familia, la patria, la moralidad sexual y los papeles de género, revolucionando la sociedad con la música rock y el amor libre. Tercero, muchas colonias de los imperios europeos en Asia y África lucharon por la independencia, visibilizando las injusticias que habían sufrido durante generaciones a manos del hombre blanco.

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Mayo 68, París

De ahí surgió una nueva izquierda, más cultural que económica, cuya agenda ya no se centraba en la lucha de clases, sino en la emancipación de la mujer, la libertad sexual, la decriminalización de las drogas, la independencia de los pueblos colonizados, la autodeterminación de las minorías culturales, y la erradicación de prejuicios como el racismo, el machismo y la homofobia. Los nacionalismos ya dejaban de ser mal vistos, por lo tanto que reivindicasen la identidad de los colectivos reprimidos. Los protagonistas de esta nueva izquierda ya dejaba de ser los obreros de la fábrica, sino estudiantes y profesores de la universidad.

Los valores de la vieja y nueva izquierda diferían tanto que según relata la autora francesa Virginie Despentes, a pesar de que sus padres y abuelos eran anarquistas y comunistas de toda la vida, se escandalizaron cuando ella se hizo punki.

En la mayoría de los países europeos, los partidos socialistas trataron de integrar a tanto la vieja como la nueva izquierda, pero en EEUU, donde nunca hubo un movimiento socialista muy destacado, el Partido Demócrata abandonó en total la lucha de clases, sustituyéndola con la lucha de las identidades reprimidas.

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Argelinos durante la guerra de independencia

La izquierda cultural y las políticas de identidad en EEUU

Al llegar al siglo XXI, la izquierda cultural en EEUU se radicalizó.

Los activistas en el ámbito universitario dividen el mundo entre dos grupos: los privilegiados y los reprimidos. Los primeros consisten de gente de raza blanca, varones y heterosexuales. Los segundos consisten de gente no-blanca, mujeres, y minorías sexuales. Todas las movilizaciones se organizan alrededor del concepto de identidad: a favor de las mujeres, de los afroamericanos, de la gente no-blanca, de los gays, de los pueblos indígenas, de los dreamers o de los sin-papeles.

Como la constitución estadounidense prohibe hacer leyes que discriminan a ciudadanos por raza y género, los militantes de izquierda tratan de hacer propaganda para crear concienciación de la discriminación cotidiana que sufre miembros de las “identidades reprimidas” y señalar a los culpables para avergonzarlos en público. En el ámbito cultural, tratan de censurar o condenar cualquier película, serie, canción, libro o discurso que puede ofender la sensibilidad de dichos colectivos. En medios progresistas como HuffPost y AJ++, una de las frases más repetidas es white privilege, en referencia a la ventaja social que disfrutan los blancos a la hora de conseguir empleo, alquilar vivienda o recibir un trato más justo por la policía.

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Estudiantes norteamericanos

Paradójicamente, contrario a pioneros de derechos civiles como Martin Luther King que luchaba por la integración racial, la nueva izquierda estadounidense favorece la creación de “espacios seguros” para mujeres y minorías étnicas o sexuales en universidades y empresas, donde miembros de aquellos grupos puedan sentirse seguros sin ser molestados. Ya se están poniendo de moda servicios, negocios, empresas o centros de coworking solo para mujeres, y en los casos más extremos, para mujeres de color. El intercambio cultural también se ha convertido en pecado, ya que cuando una persona blanca adopta un vestimenta, estilo de música o gastronomía de origen no-europeo, le acusan de “apropiación cultural“.

Mientras tanto, ¿qué pasa con la lucha de clases? Los blancos pobres, a pesar de todas las dificultades socioeconómicas que sufren, sienten totalmente ignorados por las políticas identitarias de la nueva izquierda. Me puedo imaginar la rabia que siente un minero desempleado de Pensilvania, padre divorciado con 3 hijos, al escuchar una feminista de una universidad de Ivy League decir qué él es parte de la clase privilegiada por ser blanco, varón y heterosexual.

¿Qué haría en respuesta? votar a un demagogo como Donald Trump.

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No todos los blancos son privilegiados

Mi opinión personal

Aunque estoy de contra de cualquier forma de represión, injusticia y discriminación por motivo de género, etnia y sexualidad, en mi opinión, hacer políticas de identidad es totalmente contraproducente para la justicia social. Porque cuando un grupo se cierra para defender su identidad recriminando a otros, provocaría la misma reacción en el bando contrario.

En Viena a principios de siglo XX, la comunidad alemana era el primero en reivindicarse como los auténticos vieneses. En respuesta, la comunidad checa también hizo lo mismo, seguida por la húngara y la italiana, hasta que la convivencia en la ciudad se fracturó en una guerra de identidades enfrentadas, que al final, abrió las puertas a la dominación nazi. En EEUU pasa algo parecido. Las políticas identitarias a favor de las minorías étnicas han provocado el sentimiento identitario de los blancos, encabezado por el Alt Right. En España, el independentismo militante de los catalanes durante el proces en 2017 también ha despertado el nacionalismo español más rancio, que hace pocos años estaba totalmente estigmatizado.

Por un lado, estoy totalmente a favor de mantener escuelas e instituciones culturales que protegen la lengua e idiosincracia de las minorías culturales, tanto como declarar su lengua como co-oficial en la región donde forman la mayoría. Pero otra cosa totalmente diferente es crear divisiones políticas explotando esta diferencia, señalando una identidad cultural como el eterno verdugo y otra como la eterna víctima.

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En mi ámbito personal, siempre he tenido amigos de diversos orígenes, clases sociales, nacionalidades y de ambos sexos. Nunca se me había planteado quién perteneciera a un grupo privilegiado y quién perteneciera a un grupo reprimido, porque todos compartimos la misma humanidad. Y si los medios se dedican a bombardearnos con propaganda día y noche para dividirnos por esas categorías, el trato cotidiano resultaría incómodo. A veces he pensado, con tantas amigas muy cercanas que he tenido durante toda la vida, ¿cuántas realmente me han percibido como miembro de una casta represora por ser hombre y heterosexual?

Es evidente que en EEUU la nueva izquierda ya ha perdido totalmente el apoyo de la clase obrera. Los blancos sienten ignorados. Para los negros de barrios deprimidos, la agenda cultural es demasiado alejado de los asuntos de su vida cotidiana para sentirse representados. Los activistas más militantes suelen tener un alto nivel de estudios, que irónicamente, proceden en su mayoría de familias blancas y adineradas.

Si algún día la izquierda quisiera volver a ser el partido de las masas, tendría que dejar la lucha de identidades para enfocarse en asuntos más prácticos que afectan la vida de todos los ciudadanos, como mejorar la educación y sanidad pública, luchar contra la precariedad laboral, crear barrios con mejor infraestructura y proteger el medio ambiente.

Cómo ser un tipo duro, según mi criterio

17 Ene

Durante los últimos años, en las sociedades occidentales se ha premiado cada vez más la fragilidad, la delicadeza y la susceptibilidad extrema. En las universidades norteamericanas, muchas movilizaciones se han hecho para reivindicar el derecho de no sentirse ofendido, así censurando cualquier opinión o expresión artística que puede ofender los sentimientos de otros.

A día de hoy, cuando uno dice que adora a “tipos duros”, es casi sinónimo a ser retrógrado, machista y la falta de sensibilidad. Sin embargo, tengo que reconocer que durante toda la vida, he admirado a hombres y mujeres fuertes y luchadores, todo lo opuesto a los “copos de nieve” que se han puesto de moda ahora. Pero según mi criterio, ser un tipo duro no tiene nada que ver con pelear, chulear y ser un malote, sino con tener resiliencia, la capacidad de superación, y poca susceptibilidad.

En este artículo me gustaría hablar de las cualidades de “tipos duros” que más admiro, aunque tengo que reconocer que muchas no las tengo, o la situación no me ha puesto a prueba.

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La dureza física

La dureza física, en mi opinión, significa tener la capacidad de realizar trabajos físicamente extenuantes, de practicar deportes con un gran desgaste físico, y de adaptarse a condiciones climáticas extremas o condiciones de vida rudas.

Con los avances tecnológicos, cada vez estamos más adaptados a la vida acomodada y menos gente posee la dureza física de nuestros antepasados. Pero por esta misma razón, admiro a la gente capaz de pasar horas cortando leña con una hacha, de cavar una fosa con un palo, de correr un maratón de montaña, de aguantar 12 asaltos en un combate de boxeo, de nadar en un río helado, o de andar durante horas y días bajo la nieve o lluvia con la temperatura bajo cero.

Cuando veo reportajes o documentales de pueblos que llevan la vida tradicional, como pastores mongoles, cazadores bosquimanos o cargadores manuales en los puertos de países subdesarrollados, veo una fuerza, resistencia y disciplina física que los ciudadanos del Primer Mundo ya hemos perdido.

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Pastores kazajos

El optimismo y la resiliencia mental

Otro rasgo de dureza está en la capacidad afrontar a situaciones adversas y no salir hundido ni amargado. Con adversidades me refiero a cualquier situación difícil desde pasar un largo periodo de desempleo, aguantar un jefe tirano y compañeros trepas, hasta sufrir abusos sexuales, persecución política, discriminación racial o sobrevivir guerras y hambrunas.

Una persona dura, en vez de quejarse de la mala suerte o lo injusto que le trate la sociedad, se concentraría en buscar la solución para salir de la adversidad. Y si la solución no está en sus manos, aprendería a sobrellevar la situación lo mejor que pueda, para que le perjudique lo menos posible. Si sufriera una injusticia, no tardaría en denunciarla en voz alta, pero una vez hecha, se deshace del papel de la víctima cuando antes. Nunca echa la culpa de su fracaso a personas ajenas, a la sociedad o a las desgracias del pasado, porque confía que ella misma es la dueña de su propio destino.

Y en mi opinión, las personas más duras del todo, son las que una vez superada las adversidades, tratan de ayudar a otros que pasan por las mismas dificultades, o luchan para que otros no sufran la misma injusticia.

Veo esta dureza en los veteranos de guerra que han podido volver a adaptarse a la vida civil sin guardar odio o rencor a las nacionalidades contra que luchaban, o supervivientes de abusos sexuales que tras superar la trauma, aún son capaces de amar y confiar en otras personas.

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Muchas milicianas kurdas habían sufrido abusos sexuales bajo el Estado Islámico

La poca susceptibilidad

A los tipos y tipas duras no les suelen afectar los comentarios de los demás. Y si algo les ha sentado mal, aprenden a pasar página. Si tienen una opinión, saben defenderla con hechos y argumentos, y nunca se sienten agredidos cuando otros cuestionan sus creencias. Ya aceptan que en el mundo conviven todas clases de opiniones, ideas y valores y aunque algunos les pueden resultar repugnantes, nunca manifiestan a favor de la censura, porque saben que todo el mundo tiene el mismo derecho de expresar sus opiniones.

No se escandalizan con escenas macabras, chistes de mal gusto, palabras agresivas o comportamientos burros. Las desgracias que se cuentan en los telediarios tampoco les generan miedo ni les causan alarma, porque saben que si se convierten en noticias, siempre se tratan de excepciones, en vez de la norma.

Lealtad a sus principios

Una persona dura se mantiene fiel a sus principios. Aunque puede cambiar de opinión sobre determinados asuntos al adquirir nuevos conocimientos y vivencias, nunca pierde los valores fundamentales. Por ejemplo, para alguien que defiende la libertad de expresión, defendería tanto la libertad propia como la de sus adversarios políticos. Sobre determinados asuntos como las noticias falsas, la pseudociencia o los discursos de odio, puede revisar algunos matices, pero nunca se mostraría a favor de régimenes totalitarios que encarcelan, censuran o acosan a voces disidentes.

Se mantiene siempre fiel a lo que considera correcto aunque no está de moda. Un ejemplo era el escritor Albert Camus. Aunque toda su vida había luchado por los derechos de los obreros, los colectivos desfavorecidos y los pueblos colonizados, era un feroz opositor al comunismo soviético por su carácter autoritario. Y durante la guerra de Argelia, era el único que propuso una solución federal concediendo la ciudadanía francesa a los musulmanes argelinos, en vez de la independencia total de la colonia. Ambas posturas iban en contra de la corriente dominante de la izquierda francesa y por eso los intelectuales franceses le marginaron. Pero a pesar de eso, él se mantuvo fiel a sus convicciones hasta la muerte.

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Albert Camus

La valentía de explorar lo desconocido

La última cualidad de un tipo duro es la valentía de salir de su zona de comfort, explorando mundos desconocidos sin miedo.

Si a un tipo duro le llama la atención visitar un país, hacer un viaje, cambiar de profesión, practicar un nuevo deporte o mudarse a vivir a otra ciudad durante una temporada, se echa por delante, y nunca aborta su plan porque otra gente le advierte sobre los peligros, porque sabe que tomar riesgos forma parte de la vida. Si alguna de esas aventuras no le ha salido bien, no se arrepiente de la decisión porque sabe que equivocarse forma parte de la vida.

Cuando visita a un país exótico, se mete de lleno en la cultura local, adaptando a las costumbres sin quejarse de que las cosas no son tan cómodas o familiares como en casa. Toma las precauciones necesarias al explorar lugares remotos, pero nunca anda con miedo.

La sexualidad masculina, el acoso, y la educación del respeto

28 Oct

Acoso

Durante mi viaje a Irán, tuve una conservación muy interesante con una chica que trabajaba en un mausoleo religioso. A pesar de su joven edad, era profundamente creyente y llevaba todo el cabello, cuello y brazos cubiertos por un chador. Cuando cogimos un poco de confianza, le hice la pregunta que me intrigaba: ¿por qué iba tan tapada? ¿porque lo decía el Corán o por las tradiciones de su pueblo? ¿Y qué pensaba de las chicas que llevaba el pelo a descubierto? Me contestó que Dios creó la mujer más sensible y al hombre más vicioso, para protegerse de las miradas lujuriosas del hombre y de los acosos verbales y físicos, la mujer tenía que cubrirse las partes más sensuales para no despertar los instintos más primitivos del hombre.

Durante los últimos años, en muchos países occidentales, para que las mujeres se sientan más seguras y cómodas, algunas feministas también han creado servicios, espacios y eventos solo para mujeres, como transporte, escuelas, gimnasios y conciertos. He pensado, ¿su excusa para separar a los sexos no es la misma a la de la iraní religiosa?

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En los países musulmanes, algunos opinan que la mujer se tapa para “protegerse del acoso”.

El acoso sexual es un hecho

Tenemos que reconocer un hecho: durante toda la historia, las mujeres han sufrido acoso  y abusos sexuales, tanto en el trabajo, en la calle como en cualquier ámbito público. Lamentablemente, muchos hombres abusan de su poder para pedir favores sexuales, o hacen sentir incómodas a las mujeres para satisfacer su impulso sexual. Pero hasta ahora, en la mayoría de las culturas, las medidas tomadas para proteger a las mujeres caen en las siguientes 3 categorías:

1) obligarlas a taparse para no despertar deseos

2) segregar los sexos para crear un espacio “seguro”

3) Que la mujer siempre esté acompañada por una figura masculina, sea su padre, hermano o marido, que la protege de las agresiones.

Todas las medidas no han conseguido nada más que aumentar la desigualdad y desconfianza entre hombres y mujeres porque todas parten de un principio común: el hombre es acosador en su naturaleza y no va a cambiar, y la que tiene que modificar su comportamiento es la mujer.

Este año, creo que uno de los mayores logros es que en Francia ha aprobado por primera vez una ley que castiga con multas a los que abordan a las mujeres de modo agresivo por la calle. En Hollywood, tras el escándalo del productor Harvey Weinstein, las mujeres ya no guardan silencio y salen a denunciar sus agresores. Por primera vez, el dedo está señalando al acosador y no a la víctima: es él que tiene que cambiar.

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¿Cuestión de sexualidad o educación?

En mi opinión, la causa de agresiones sexuales no es que el hombre sea por naturaleza más agresivo, vicioso y salido que la mujer, sino la falta de respeto a voluntades ajenas. Y que hasta hace muy poco, la sociedad lo ha consentido.

Tanto hombres y mujeres somos seres sexuales con deseos, impulsos y fantasías. En mi caso personal, reconozco que tengo una sexualidad muy agresiva. Cualquier imagen de una figura femenina sugerente me puede despertar deseos muy salvajes. Pero jamás en mi vida he metido mano a una desconocida o dirigido una palabra sobre su físico, tampoco se me he planteado imponer mis impulsos sexuales a nadie por la fuerza, por una simple cuestión de respeto. No solo hacia la mujer, sino hacia cualquier ser humano.

Durante tantas décadas, siglos y milenios, bajo la excusa de que “los hombres son así”, la sociedad no ha condenado con suficiente rigor el acoso sexual y el sistema judicial tampoco, así los agresores se han quedado con total impunidad, sobre todo cuando pertenecen a una jerarquía social más alta. Pero por esta misma razón, creo que con sanciones legales, educación y concienciación, sí que podemos evolucionar como sociedad. Y el primer paso es dejar de estigmatizar a las víctimas.

Me niego a creer el determinismo que por la culpa de instinto, no podamos modificar nuestros comportamientos. Según hallazgos arqueológicos, entre los siglos XI y XVI, Londres, e Inglaterra en general, era una sociedad muy violenta, donde 25% de jóvenes morían por homicidio, una tasa varias veces mayor que los países más violentos del mundo actual. Pero durante los últimos siglos, el nivel de violencia cotidiana ha registrado un notable descenso en casi todos los países. La gente ya no se mata por una jarra de cerveza o se reta a un duelo porque el otro le ha faltado respeto. Si hubiéremos conseguido dominar tanto nuestros impulsos violentos, ¿por qué no podemos hacerlo con otros?

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 ¿La próxima revolución sexual?

Con la revolución sexual de los 60, la sociedad occidental ya ha deshechado una importante parte de la herencia patriarcado. Según dice mi padre, durante su juventud, si un chico violara a una chica durante una cita, no era considerada ni siquiera delito porque todo el mundo diría: si ella saliese con él a una cita, era lo que se esperaba.

Por supuesto, no podemos negar que en algunos sentidos hemos avanzado a pasos agigantados, pero todavía nos quedan muchos deberes por hacer para conseguir una sociedad con plena equidad y libertad sexual. En mi opinión, medidas como negar la diferencia biológica entre hombres y mujeres, demonizar la sexualidad masculina, censurar la violencia sexual en el arte y literatura, o separar los sexos solo conseguirían el efecto contrario porque reprimen los instintos más básicos y fomentan la desconfianza. Lo ideal, sería celebrar la sexualidad pero educar en el respeto, para construir una sociedad donde todos los individuos puedan desahogarse de sus impulsos sexuales, por lo pervertidos que sean, pero siempre con otros adultos consentidos, o en el peor de los casos, solo.

Crónicas persas II – la sociedad iraní

25 Sep

En la segunda parte de las crónicas persas, voy a hablar de lo que más me llama la atención del viaje a Irán: la sociedad iraní. En este artículo no pretendo dar lecciones sobre la historia y actualidad de Irán, sino contar mis impresiones y reflexiones de lo que he visto con mis ojos durante el viaje, o leído en libros sobre la sociedad iraní contemporánea.

Irán no es un país árabe

Muchos occidentales, hasta profesionales de periodismo, llaman erróneamente Irán  un “país árabe”, por su religión musulmana y ubicación en el Oriente Medio.

En realidad, la definición de “árabe” no tiene que ver con la religión musulmana, sino con hablar un idioma derivada de árabe clásico. No todos los árabes son musulmanes, y solo 20% de los musulmanes del mundo son árabes. Hace 4 años escribí este artículo para aclarar las definiciones.

En caso de Irán, es un país multiétnico cuya lengua franca es farsi, un idioma indoeuropeo que no tiene parentesco con árabe. El nombre Irán literalmente significa “el país de los arios” ya que los iraníes consideran su tierra como el hogar ancestral de todos los pueblos indoeuropeos, que incluyen a la mayoría de las nacionalidades de Europa, India y partes de Asia Central. Aunque a día de hoy, la mayoría de los antropólogos y arqueólogos especulan que el hogar de los proto-indoeuropeos se sitúen en las estepas al norte del Mar Caspio, los iraníes siguen considerándose la cuna de todas las civilizaciones tanto occidentales como orientales.

La familia indoeuropea

Irán es un país plural

Persia es el nombre antiguo de Irán. Era una de las civilizaciones más antiguas y el primero en construir un imperio colonial con territorios en 3 continentes, con docenas de nacionalidades bajo su reinado.

A día de hoy, Irán sigue siendo un país multiétnico en que la etnia mayoritaria es la persa, que forma poco más de 60% de la población. El resto consiste de minorías étnicas como azeríes (16%), kurdos (10%), armenios y turcomanos, la mayoría residiendo en provincias fronterizas donde se hablan sus idiomas propios.

Mapa de grupos étnicos.

La etnia persa tampoco es una raza homogénea. Los del norte pueden tener tez blanca, pelo castaño y ojos azules. Los del sur pueden tener la piel tan morena como indios. Por haber absorbido numerosas invasiones de Asia central, ojos rasgados y pómulos sobresalientes también son bastante comunes. Pero distinto a EEUU  donde las identidades sociales se han construido por el color de la piel, en Irán, persas de todos colores se consideran parte del mismo grupo étnico.

Persas del sur

Durante los últimos 20 años, Irán ha recibido una gran oleada migratoria procedente de Afganistán e Irak. En algunas provincias, los inmigrantes ya ocupan la mayoría de los trabajos manuales como peones de campo y obreros de construcción.

Según la versión oficial iraní, no existe el racismo; todos los grupos étnicos conviven pacíficamente sin ninguna tensión, tampoco hay algún colectivo especialmente marginado. Sin embargo, eso también lo decían de la URSS y Yugoslavia antes de la caída del comunismo.

Muchos trabajadores manuales son inmigrantes

Irán es un estado confesional de Islam chiíta

La mayoría de los iraníes son musulmanes chiítas. Esos son musulmanes que creen que el heredero legítimo de Mahoma son los 12 imanes, encabezado por su yerno Alí. Fuera de Irán, la gran mayoría de los musulmanes son suníes, que creen que los herederos legítimos son los 4 califas que sucedieron a Mahoma después de su muerte.

Históricamente, los chiítas se han enorgullecido de su interpretación más flexible e inclusiva de Islam comparada con la suní. Sin embargo, el caso de Irán actual es una paradoja.

Suníes (verde claro) vs Chiítas (verde oscuro)

Desde 1979, el país está gobernado por un régimen teocrático, que ha impuesto leyes sharia en el código civil y penal. Las mujeres llevan el velo no porque forma parte de las costumbres del pueblo, sino porque las leyes lo obligan, y si no lo hicieran, las podrían multar. Del mismo modo, no está permitido llevar pantalones cortos o enseñar la parte superior de los brazos. Todos los colegios son separados por sexo. Hasta en las universidades muchas clases son segregadas, o con los hombres sentados en un lado y las mujeres en otro. El alcohol está prohibido, el baile también, tanto como las redes sociales como Facebook, Instagram y Youtube. La policía moral patrulla las calles, y al ver cualquier acto subversivo como una mujer sin velo o una pareja dándose un beso, les podría poner una multa, y en caso de reincidentes, llevarlos a la cárcel.

Ayatolá Jomeini, el fundador de la república islámica

Pero no siempre ha sido así…

Antes de 1979, sin embargo, la sociedad iraní era bien distinta.

El país estuvo gobernado por varias dinastías sucesivas de monarcas. Bajo el rey Reza Shah (1925-40), el clero fue marginado, la religión fue apartada de la educación, y tanto el velo femenino como el vestimenta tradicional masculina fueron ilegalizados. Su política abrió una profunda brecha entre la clase media urbana, que abrazaba con hedonismo a las costumbres occidentales, y la población campesina y obrera, que agarraba aún más fuerte a las tradiciones.

El último rey, Mohammad Reza Pahleví (1940-79), relajó las restricciones pero las semillas de descontento ya estaban sembradas. En aquella época, la vida en la capital Teherán podía confundirse fácilmente con París, Berlín o Londres, donde los bares y discotecas abrían hasta tarde, las chicas vestían de minifaldas y los chicos con pelo largo y camisas de roqueros. Salvo las mujeres conservadoras que se vestían  con el chador, casi nadie llevaba el velo. Pero cuando el descontento de la masa hizo estallar una revolución en 1979, todo cambió para siempre.

Estudiantes en Teherán, 1970s

La mujer iraní moderna

Algo que me llamó mucho la atención sobre la sociedad iraní contemporánea, es el papel de la mujer.

Por un lado, están las leyes que obligan a las mujeres a cubrirse y a separar a los sexos en todos eventos oficiales. Por otro lado, en la vida cotidiana, las mujeres parecen totalmente integradas en la sociedad. Distinto a otros países musulmanes como los países del golfo, Egipto y Turquía, en Irán los hombres y mujeres comen, socializan y se divierten juntos. Por la calle las mujeres caminan con la cabeza en alto, hablan con voz firme, sostienen la mirada, y no se muestran ninguna timidez en entablar conversación con extraños. A pesar de las leyes que prohiben darse besos o cogerse de la mano en público, muchas parejas dan paseos románticos por los parques. Entre chavales jóvenes, se ven pandillas mixtas de chicos y chicas. Y las adolescentes iraníes son tan aficionadas de sacarse “selfies” como las de cualquier otro país.

Según estadísticas oficiales, ya hay más chicas que chicos en la universidad y la edad de matrimonio se hace cada vez mayor. Durante los últimos años, muchas mujeres profesionales eligen no casarse o tener hijos. La fertilidad media se solo 1,5 hijos por mujer, muy parecido a la tasa en países europeos.

Las mujeres iraníes están muy visibles en todos los ámbitos

El vestimenta femenina como manifestación ideológica

Con el estricto código de vestimenta impuesto por el gobierno, muchas mujeres utilizan pequeñas variaciones para reivindicar su postura ideológica. Las más conservadoras llevan el chador, una prenda que cubre a todo el pelo, el cuello, los hombros y llega hasta debajo de las rodillas.

Varias mujeres vestidas del chador

Las creyentes tradicionales llevan el hiyab, un velo que cubre el pelo y los hombros, y lo suelen combinar con pantalones y faldas anchas.

El velo tradicional

Las más progresistas llevan el hiyab muy atrás, destapando la mayor parte de su pelo. Para algunas, el pañuelo es tan pequeño que parece un accesorio de moda. Aunque todas tienen que llevar una camisa o prenda que cubre la cintura, las caderas y el culo, algunas chicas la llevan abierta, abrochando solo un botón para mostrar las mallas o vaqueros ajustados que llevan debajo. Es una manera indirecta de protestar contra el código de vestimenta, para decir que si no las hubieran obligado a cubrirse, no lo harían.

En cada población, la cantidad de mujeres que llevan el chador, el velo o el pañuelo pequeño es un buen indicador de si el ambiente es más conservador o liberal.

Chicas modernas

Entonces ¿Por qué la revolución?

Si Irán antes de 1979 era una sociedad tan laica y abierta, ¿por qué tantos jóvenes rebeldes hicieron la revolución para separar los sexos y obligar a todas mujeres a ponerse el velo?

La realidad era mucho más compleja. Bajo el último rey, no había democracia ni libertad de expresión. La diferencia entre ricos y pobres era abismal. Todo el dinero que daba el petróleo solo beneficiaba a una pequeña minoría de costumbres occidentales que hacía negocio con las multinacionales. Los jóvenes hicieron la revolución no para imponer la religión, sino para implantar un sistema democrático, acabar con los privilegios de la élite y luchar contra la pobreza.

Manifestantes contra el rey, 1978

Una vez expulsado el rey, celebraron un referéndum para decidir la nueva constitución entre seguir con el antiguo régimen o una república islámica, y ganó con mayoría absoluta la segunda opción. ¿Por qué? Porque la gente no sabía lo que significaba, y había un sentimiento general que el antiguo rey había dado la espalda a las tradiciones de pueblo para vender el país al Occidente, así que en la nueva constitución se debiera tomar en cuenta cuestiones tan populistas como conservar la identidad nacional.

Durante los primeros 2 años después de la revolución, los bares seguían abiertos, los hombres y las mujeres seguían vistiéndose igual que antes y se relacionaban con la misma libertad, con la ventaja añadida de celebrar elecciones democráticas. Pero poco a poco, los ayatolás introdujeron cada vez más leyes religiosas. En 1981 impusieron el velo, prohibieron el alcohol y aprovechando la guerra con Irak, cerraron las fronteras e introdujeron recortes drásticos de libertad, aplicando la pena de muerte a cualquier disidente. Entre los fusilados figuraron muchos revolucionarios de 1979.

Mujeres protestando el hijab obligatorio

Los “milenios” iraníes

Toda la generación de milenios en Irán había nacido después de la revolución y el régimen actual es el único que ha conocido. A pesar de todas las restricciones legales, muchos buscan mil maneras de burlarse de ellas. Aunque Facebook e Instagram están capados, todo el mundo descarga programas anti filtros parar crear cuentas, subir fotos, y cotillear sobre lo que sucede en el mundo. En el ámbito privado, se organizan fiestas en casa donde las mujeres se quitan el velo, bailan, beben alcohol y hacen todo lo que el régimen prohíbe. Según dicen, las iraníes son una de las nacionalidades que más cirugía estética realizan y a día de hoy, se ha puesto muy de moda lucir tatuajes.

A pesar de la supuesta enemistad con EEUU, muchos iraníes desean llevar el estilo de vida americana de consumismo material, viviendo en chalets en urbanizaciones cerradas y realizando las compras en centros comerciales. Algunos barrios periféricos de Teherán parecen importaciones de Los Ángeles.

Jóvenes iraníes

¿El futuro el régimen?

Si la mayoría de la gente joven ya pasara por alto las normas religiosas impuestas por los ayatolás, ¿cuánto tiempo podría durar el régimen? Y si un día cayera, ¿qué pasaría con el país?

En mi opinión, puede que un amplio porcentaje de jóvenes de grandes ciudades deseen disfrutar de las mismas libertades que en el Occidente, pero también habrá un amplio porcentaje de la población que defiende el retorno a la línea dura del ayatolá Jomeini. Basta con el hecho de que el populista radical Mahmud Ahmadineyad ganó las elecciones en 2005 y 2009, es evidente que entre iraníes hay tantos conservadores como progresistas. De hecho, algunos iraníes lo describen como el “Donald Trump versión persa”.

¿El “Donald Trump” iraní?

Lo que me intriga saber es debajo de la manta de control ejercido por el régimen confesional, ¿qué divisiones culturales e ideológicas realmente existen en la sociedad iraní? ¿cómo se llevan entre ellos? Si el régimen actual desapareciera, ¿serían capaces de reconciliarse, convivir en paz sin recurrir a venganzas y revanchismos?

Lo que yo deseo, es que el país sufra una transición hacia la modernidad tan pacífica como la transición de España hacia la democracia después de la muerte de Franco, porque un día en el futuro no tan lejano, deseo regresar al país para conocer más a esta cultura tan fascinante y gente tan hospitalaria.

Crónicas persas I – notas de un viaje

22 Sep

Durante la primera quincena de septiembre, fui de viaje a uno de los países que más me ha fascinado durante los últimos 10 años: Irán. Con este post pretendo presentar un resumen de los apuntes que había ido realizando durante el viaje, sobre mis impresiones de este gran país con historia milenaria. Lo que no pretendo hacer es hablar de los monumentos y sus historias, ya que esos ya figuran en cualquier guía turística.

Aeropuerto de Teherán

Cogimos un vuelo de Madrid a Roma, y de Roma a Teherán, la capital iraní. La mayoría de los pasajeros eran iraníes. Al embarcar en Roma, todas las mujeres iban vestidas iguales a las europeas: vaqueros, shorts, camisetas, con el cabello al descubierto. Al aterrizar el avión en Teherán, la azafata hizo un anuncio de que habíamos llegado a un país de constitución islámica y habrá que respetar el código de vestimenta. De repente, todas se habían puesto un pañuelo en la cabeza, cubriendo el torso con camisas de manga larga que llegaban hasta los muslos, para no marcar la figura femenina.

Al pasar por el control de pasaporte, el agente miró con lupa a mi pasaporte, como si desconfiase del visado que tanto me había costado conseguir. Frunciendo el ceño, me preguntó: “¿Qué hace un chino con un pasaporte británico?”

Tras recoger la maleta, nos recogió una furgoneta organizada por la agencia Oriente Viajes, que nos llevó al hotel en la zona central de la ciudad. El viaje tardó más de una hora. A pesar de que era la 1:00 de la madrugada, las carreteras estaban llenas de vehículos. La extensión de la ciudad me parecía colosal, con barrios residenciales de chalets y edificios de 2-3 plantas que extendían hasta el horizonte.

Teherán de noche

Teherán: la ciudad

El día siguiente conocimos a Saíd, nuestro guía de viaje, en el comedor el hotel. Nos llevó a un tour de la capital, visitando primero un palacio de la dinastía Qajar (1785-1925), luego a un museo de la historia persa. Viven más de 9 millones de personas en esta ciudad y 17 millones en los alrededores. Debido a la gran extensión y un sistema de transporte público insuficiente, la mayoría de la población se desplaza en coche o moto. Las calles están siempre petadas y no exactamente agradables para peatones. Al cruzar en un paso peatonal, los coches no frenan aunque el semáforo está en verde. La única manera de cruzar es juntarse en un grupo, mirando fijamente a los conductores a los ojos para reivindicar tu presencia.

El guía nos contó que el último rey, Mohammad Reza Pahleví, en un intento de modernizar la ciudad, destruyó todo el casco antiguo en los años 50 para construir avenidas anchas del estilo occidental. A día de hoy, no existe un único centro urbano, sino varios focos de calles comerciales separados por docenas de kilómetros de barrios residenciales. En cierto modo me recuerda Los Ángeles. Me imaginé que vivir ahí debía de ser una pesadilla, teniendo que comer horas de atasco para ir y volver de trabajo todos los días. Y encontrar un parking debería ser una misión imposible.

Por la noche cenamos en un modesto restaurante cerca de nuestro hotel y salimos a dar un paseo. Era una zona comercial de tiendas, restaurantes fast food, cines, teatros y puestos callejeros. Había gente por todos lados: hombres, mujeres, niños y ancianos. En comparación con los españoles, la gente hablaba mucho más bajo con gestos refinados. Como los únicos extranjeros, llamábamos atención. Mucha gente nos miraba. Y cuando nuestras miradas se cruzaban, nos sonreía. A pesar de todo el caos, el ruido y la contaminación, al menos la gente parecía agradable y acogedora.

Kerman – el sur

Tras pasar un día en Teherán, el día siguiente cogimos un vuelo por la mañana para la ciudad Kerman, situada en el sur. Es una población de 300.000 habitantes, pero como una típica ciudad persa, el tamaño es extenso, probablemente más grande que Madrid capital (con una población de 3.5 millones). Visitamos el zoco de esta ciudad antigua, paseando por los puestos que venden fruta, alimentos y productos artesanos. Distinto a Marruecos, Egipto y Turquía, en Kerman no se regatea nada. Cada producto se vende a un precio fijo tanto para gente local como para turistas. En comparación con la capital, se ve una gran cantidad de mujeres vestidas de chador de color negro, iniciando que la sociedad debe de ser bastante conservadora.

Artesanos en el bazar de Kerman

En una mezquita situada al lado del zoco, nuestro guía nos explicó la diferencia fundamental entre musulmanes suníes y chiítas. Los primeros creen que los sucesores legítimos de Mahoma son los 4 califas que lo sucedieron después de su muerte. Los segundos creen que los 12 imanes encabezados por Ali, el yerno de Mahoma. Para los suníes los lugares sagrados son las mezquitas. Para los chiítas son los mausoleos de sacerdotes y sabios. En Irán la mayoría son chiítas. Pero casi todo el resto de los países musulmanes (salvo Irak) tienen mayoría suní. Los suníes no consideran a los chiítas como musulmanes, y para los yihadistas, son el archienemigo.

Nos alojamos en un hotel de lujo en las afueras de la ciudad. Por la noche, en el jardín trasero había montado un escenario donde tocaron varios músicos, algunos de música clásica persa, otros del pop contemporáneo. Pero nos sorprendió que todo el público permanecía quieto delante del escenario disfrutando de la música. Nadie bailaba. Más tarde el guía nos contó que gracias a la ley islámica que llevaba gobernando este país desde 1979, estaba prohibido bailar.

Mezquita de Kerman

Yazd – el último bastión de Zoroastrismo

Después de pasar un par de noches en Kerman, continuamos el viaje a Yazd, una ciudad de 300.000 habitantes hogar de la última comunidad zoroastriana en Irán.

¿Qué es el Zoroastrismo? Es la religión de los persas anterior a la conversión a Islam, que rendía culto al sol y al fuego. Durante un milenio, era la religión del estado del imperio más grande y poderoso del mundo. Visitamos un antiguo cementerio zoroastriano y uno de los últimos templos que todavía quedan en pie. En el altar del templo hay un fuego, que según dicen, lleva 2000 años encendido. A día de hoy solo 100.000 iraníes practican esta religión, pero muchos la adoran como parte de su herencia histórica, de parte de su orgulloso pasado imperial.

Cementerio zoroastriano

La gente de esta ciudad, igual que la de Kerman, es muy sociable. Muchos se acercaron a nosotros para sacarse fotos con nosotros como si fuéramos estrellas de cine. Me imaginé que podía ser que con tanta represión moral dentro del país, la gente trataba de relacionarse con extranjeros como una vía de escape. Pero lo que más me impresionó fue que nadie nos pidió nada a cambio. Se acercaron a nosotros solo para conocernos, para practicar inglés con nosotros, o para hacernos sentir bienvenidos.

También me he dado cuenta de la diversidad racial en este país. En Teherán la mayoría de la población tiene pelo moreno y piel clara. Muchos se parecen bastante a los españoles. En el sur mucha gente tiene la piel tan morena como indios o paquistaníes, otros tienen rasgos mulatos. La forma de vestir también difiere. Según nuestro guía Saíd, cada región tiene su propio estilo.

Templo zoroastriano

Shiraz – el metropolis del sur

Desde Yazd viajamos a Shiraz. Es una de las ciudades más importantes del sur de Irán. Solo por ver el aspecto de la gente por la calle, se ve que es una ciudad bastante liberal. Las mujeres se visten de más colores. Muchas llevan el pañuelo muy atrás destapando la mayor parte de su pelo. Muchos hombres llevan barbas de hipster y cejas depiladas.

Barbería en Shiraz

Nuestro hotel se situó al lado de un gran parque. Por la noche se llenó de gente, de familias enteras haciendo picnic, paseando, y disfrutando una noche de verano sentada en el césped y los bancos. Algunos montaron hasta tiendas de campaña, transformando el parque en un gran camping. Nuestro guía nos explicó que dormir en tiendas de campaña era una práctica muy común para iraníes que viajaban de turismo a otras ciudades, para ahorrarse el dinero que se gastase en un hotel.

Shiraz de noche

Como el alcohol está prohibido, los jóvenes se congregan en las plazas, aceras y parques para hacer “heladón” en vez de “botellón”, comer helados. A ratos llegué a sospechar que los helados podían llevar ciertas sustancias químicas. Por cierto, en este país se come una cantidad enorme de dulces. No sé cómo será la tasa de diabetes.

Nos impresionó la generosidad de la gente. Muchos lugareños nos ofrecieron compartir su comida, tanto hombres como mujeres, niños como adultos, jóvenes como maduros.

El bazar de Shiraz

Pero una de las mayores atracciones de Shiraz se sitúa a unos 50km de la ciudad: las ruinas de Persépolis, la antigua ciudad ceremonial construida por Ciro el Grande, el fundador del gran imperio aqueménido. Según leyendas, Ciro no solo era un conquistador, sino también era un gobernador con gran sabiduría. Abolió la esclavitud, ilegalizó la discriminación racial y concedió la igualdad de derechos a todos los grupos étnicos bajo el reinado del imperio. Al construir Persépolis, estableció un sistema rudimentario de seguridad social para gestionar las necesidades de los obreros, ¡incluido 4 meses de baja de maternidad cobrando el salario completo!

Persépolis

El desierto

De Kerman a Yazd, de Yazd a Shiraz, y de Shiraz a Isfahán, atravesamos kilómetros y kilómetros de montañas áridas y desiertos. El paisaje, en general, era bastante monótono e inhospitable. De vez en cuando, parábamos a algún caravansarai o algún pueblo para estirar las piernas.

Desierto

Pero el lugar más característica que hicimos una parada fue el pueblo abandonado de Izadkhast. Construido durante la época sasánida en el siglo III a.c., fue hogar de unas 1000 personas hasta principios de siglo XX, cuando una inundación destruyó las viviendas. A día de hoy, es un patrimonio de UNESCO. 

Izadkhast

Isfahán – la ciudad de “Prince of Persia”

Nuestro último destino, antes del regreso a Teherán, fue Isfahán, la tercera ciudad más grande de Irán.

En esta ciudad se nota bastante más la confluencia de turistas: con grupos de franceses, alemanes y coreanos del sur siguiendo sus guías por todos los monumentos históricos. También se nota que los autóctonos de esta ciudad son menos inocentes. Es el único lugar donde la gente se nos había acercado para vendernos algo, o donde en puestos de artesanía vendían el mismo producto más caro a los extranjeros que a los iraníes. El turismo, a pesar de toda riqueza que genera, también corrompe a la sociedad.

El legado multicultural de esta ciudad se refleja en a gran comunidad armenia. Tras la revolución islámica de 1979, es unas de las pocas minorías cristianas que permanecen en el país. A día de hoy, el barrio armenio es un centro de vida nocturno, repleto de restaurantes, cafeterías y comercios que abren hasta tarde.

Iglesia armenia

La mayor atracción de la ciudad es la gran plaza de Naghsh-i Jahan situado el casco antiguo. Después de Tiananmen en Pekín, es la segunda plaza más grande del mundo. A parte de su arquitectura grandiosa, también es el lugar donde los vendedores exhiben sus productos, los amigos se reunen, los niños juegan a la pelota, las familias hacen picnic y los amantes pasan una tarde romántica sentados en el banco. El ambiente es siempre festivo, incluso en días que no son de fiesta.

Niños jugando en la plaza

De vuelta a Teherán

En el camino de vuelta de Isfahan a Teherán, paramos en las ciudades de Kashan y Qom para visitar un par de mausoleos.

Al llegar a la capital, tuvimos toda la tarde libre antes de coger el vuelo de vuelta por la madrugada. Matamos el tiempo paseando por el parque de Laleh. Probablemente debido a su cercanía a la Universidad de Teherán, el parque estaba lleno de gente joven. Vimos fenómenos no tan convencionales en Irán, como una chica que iba sin velo,  un hombre en pantalones cortos y un grupo de chicos y chicas jugando voleibol juntos. Esta escena, aunque forma parte de la vida cotidiana en el occidente, en Irán es casi un milagro. Se nota que entre la generación joven, al menos los que viven en la capital, la mentalidad está cambiando.

Partido de voleibol

En retrospecto…

En total, el viaje a Irán ha merecido mucho la pena. Con una herencia histórica tan rica y gente tan hospitalaria, creo que su “mala fama” en la prensa internacional es el único factor que le ha prevenido convertirse en uno de los destinos turísticos más populares del mundo.

En cierto modo, puede que hayamos visitado Irán en una época muy clave. Si el país empezase a abrirse al mundo, quizás dentro de 10 años todas las ciudades que habíamos visitado se habrían transformado en parques temáticos turísticos, igual que Venecia. Si el régimen islámico cayese de forma brusca provocando un gran enfrentamiento social, puede que la seguridad y estabilidad que se disfrutan hoy ya se pierdan para siempre.

¿Cuál de los dos será más probable de suceder? Depende de la evolución de la sociedad iraní. Eso un tema tan complejo como interesante que dedicaré mi próximo post a hablar de ello.